viernes, 30 de septiembre de 2016

PLEBISCITO POR LA PAZ ¿SÍ O NO?


LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón

 
    Me gustaría empezar esta columna con el sinónimo de esta palabra: Guerrillero. Según el diccionario de sinónimos y antónimos de la RAE, cuando hablamos de un guerrillero, estamos hablando de: un partisano, un combatiente, un luchador, un faccioso.

    De las cuatro definiciones, me quedo con la última, de la que podemos concluir, según el mismo diccionario, que un faccioso es un sedicioso, un perturbador, un sublevado, o, como muy bien lo define la RAE, un rebelde armado.

    Aquí podría detenerme y hacer un poco de historia, desde los movimientos populares e insurgentes gestados en el Virreinato de Nueva Granada, hasta los grupos armados llamados paramilitares, pasando por caudillos, heroínas, agitadores, tiranicidas, opositores ideológicos y políticos, terroristas, narcotraficantes, etc., etc.; todos con un propósito común: hacerle la guerra al estado; cuando no en beneficio del pueblo, en busca de un interés particular.

    Pero como ese no es el propósito de este ensayo, dejaré la historia y me concentraré en mi primera inquietud, que es quizás el mayor interrogante para la mayoría de ciudadanos. ¿Qué son en verdad hoy en día las llamadas guerrillas colombianas? ¡Bandidos! ¡Narcoterroristas! Es lo que exclama de manera reiterativa el grueso de la población colombiana.

    Esta inquietud, que fue durante muchas semanas mi gran interrogante como ciudadano colombiano, fue resuelta una vez escuché al señor Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador, explicar de manera clara y precisa lo qué sucederá con las actividades ilícitas concernientes al narcotráfico desarrolladas por las FARC.

    Habla de que alrededor del 15% de los integrantes de las FARC no le apuestan al proceso de paz que el gobierno adelanta con el grupo insurgente; las más renuentes, dice, son aquellas columnas narcotizadas, es decir, aquellas que manejan el negocio del narcotráfico.

    Por deducción, y casi que lógica, e invocando las palabras del mismo jefe negociador, seguramente muchos de estos no desmovilizados, pasaran a integrar grupos de delincuencia común como tradicionalmente ha pasado con otros procesos y desarmes.

    Pasando al tema del PERDÓN, el mismo Timochenko lo dijo: uno sólo pide perdón cuando está arrepentido de algo. Palabras claras; muy claras, y desde luego, sabias.

    Independientemente de si ellos han encarnado la voz del pueblo que clama por la igualdad de los ciudadanos en un estado de derecho como el nuestro, frente a los abusos del poder y la burguesía que históricamente ha explotación el proletariado, los grupos revolucionarios han materializado el inconformismo de las clases menos favorecidas.

    El único perdón posible, y que desde luego le podemos exigir a un líder como Timochenko, es aquel que lo hace consciente de los abusos y atropellos contra esa misma población civil a la que dicen representar, no ya como el ejército de pueblo, sino, como el grupo narcoterrorista en el que se convirtió.

    Dejando de lado las reflexiones filosóficas e históricas, y entrando un poco en materia sobre la cuestión que nos ocupa en esta oportunidad, deseo ahora invocar a mi maestro Vargas Vila, y un hermoso texto sobre cuestiones políticas, del que quiero hacerles partícipes, antes de asumir una posición frente al debate que tanto trasnocha los intereses tanto del pueblo como de quienes ostentan el poder.

    Muchos hombres, como muy bien lo expresa Vargas Vila, no son más que ese producto ocasional de los acontecimientos que se llama: el político.
    El político, es rara vez un hombre de estado; el hombre de estado, es siempre un político.
    El político, destruye; el hombre de estado, construye.
    La agitación es la zona propicia al político; él la provoca.
    La meditación, es la zona propicia al hombre de estado: él la busca.
    Las asambleas o la plaza pública, son los escenarios precisos a ese perpetuo actor que es el político.
    El gabinete de estudio y observación, es la escena en que actúa ese gran silencioso que es: el hombre de estado.
    El imperio que el político domina, es el imperio de los acontecimientos.
    El hombre de estado domina y organiza los acontecimientos de los imperios.

    Una vez leída esta comparación entre lo que Vargas Vila llama un político y un hombre de estado, no es difícil hacernos una idea de quiénes son los que encarnan el NO y el SÍ en esta contienda por la paz.

    Se diría que los partidarios del NO, son aquellos Políticos donde prevalecen los intereses personales, ramplones oportunistas de lo circunstancial. Los partidarios del SÍ, aquellos Hombres de Estado que velan por el bienestar del pueblo que los ha elegido como sus gobernantes.

    Cualquier parecido con lo expuesto líneas atrás, no es mera coincidencia. Lo cierto es que nuestro señor presidente Juan Manuel Santos Calderón, como primera autoridad del estado, en medio de su ya famosa y tradicional diplomacia, ha convocado al pueblo para que a través de la figura del plebiscito, seamos los colombianos quienes a través de nuestro voto, decidamos darle continuidad al proceso de paz iniciado hace cuatro años.

    Y eso es lo que ha venido a encarnar nuestro señor presidente en este desafío por la paz, un Hombre de Estado. A los contrarios, a qué nombrarlos; la historia misma se encargará de juzgarlos y de hacer justicia a sus viles intereses.

    La justicia, dice el maestro Vargas Vila, puede ser misericordiosa; la venganza es siempre implacable. Es a esto último a lo que podría conducirnos un NO rotundo al proceso de paz. Si no son los intereses, es la venganza. Y en la consecución de esa venganza, podríamos quedarnos décadas intentando nuevos procesos de paz a los que un absurdo odio se interpondrá.

    La toma del poder por las armas, en un país como Colombia donde históricamente han surgido movimientos populares inconformes, siempre en busca de la igualdad y la defensa de sus derechos, nunca ha sido un objetivo. Así queda demostrado con el alzamiento en armas de los llamados comuneros, quienes sólo reclamaban un trato justo frente a los abusos económicos por parte de España.

    Al parecer, la toma del poder nunca ha sido su objetivo y nunca lo será. Dadas las débiles bases ideológicas con las que cuentan estos grupos hoy en día y el aparente nulo interés político, es más rentable, como ha sucedido en los tiempos recientes y tal vez de mayor impacto para los mismos estamentos del estado, otras actividades como la extorsión, el secuestro y el narcotráfico.

    Entonces, ¿por qué no creerles a los líderes de las FARC, que son en últimas quienes han decidido apostarle a una solución negociada al conflicto para la consecución de sus intereses, suponiendo que estos sean políticos?

    ¿Por qué no decirle SÍ al plebiscito, que no es el proceso de paz de Juan Manuel Santos, sino el interés de todo un pueblo hastiado de las violaciones y la explotación de nuestros campesinos que han sido en ultimas los más afectados?

    Es probable que las implicaciones del NO, no sean tan desastrosas como algunos lo presienten; quizás menos esperanzadoras que las del SÍ, que lo único que hará será avalar una apuesta de nuestro presidente y el deseo de muchos colombianos de que podamos dejarle a las nuevas generaciones un país mejor.

    Decirle NO al plebiscito, es apostarle a un proceso en el futuro (porque me imagino que se seguirán ensayando nuevos procesos de paz), que lo único que hará es que sigamos por la senda del conflicto mientras a un sector del poder, y según sus intereses, se le ocurra plantear el procedimiento más viable para una real solución al conflicto.

    Yo sé, y ojala esté equivocado, que existen aquellos que creen que pueden proponer una solución (negociación) más acorde con la desventurada realidad de la que es presa nuestro país.

    A estos, y a aquellos a los que el odio no los deja razonar, dedico mis manifiestas reflexiones, en nombre de quienes, como mi maestro, se han constituido en las más sólidas efigies que el pensamiento pueda legar en nombre de  la justicia, el valor y la libertad.

jueves, 15 de septiembre de 2016

BREVE RESEÑA HISTÓRICA DE LA POESÍA EN COLOMBIA

LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón


    El parnaso colombiano, y tal vez uno de los de mayor prestigio en Hispanoamérica, se inicia con la influencia del romanticismo europeo, haciéndole honor a ese título con el que se engalanara, hacia finales del siglo XIX, la capital colombiana: la llamada Atenas Suramericana.

    Son muchas las personalidades que han contribuido, además de nuestros bardos, a ese reconocimiento intelectual; por eso es un deber de todo colombiano, y en especial de quienes cultivamos las letras, tener al menos una idea de quiénes fueron aquellos precursores que le han otorgado, con sus estudios y conocimientos, tan eminentísimo título a nuestra capital.

    Y para no agotar ese caudal de quienes ostentaron el título de próceres y sabios, ya de por si conocidos por nuestras juventudes, evocaremos tan sólo la figura de dos hombres ilustres; el primero de ellos, uno de nuestros más preclaros educadores y filósofos de nuestra independencia: José Félix Restrepo (1760-1832), maestro del sabio Francisco José de Caldas (1768-1816) y el jurista Camilo Torres (1766-1816); el segundo, también discípulo del primero, y quizás el más glorioso antecedente de elocuencia y vida ilustre de nuestra independencia, el sabio y político Francisco Antonio Zea (1766-1822).

    Junto a ellos, se erige la figura enorme y señera de la más poderosa de nuestras inteligencias, Antonio Nariño (1765-1823), precursor de la independencia y traductor de Los derechos del hombre y del ciudadano; la intelectual e historiadora de gran talento y prestigio doña Soledad Acosta de Samper (1833-1913), precursora del tipo moderno de las mujeres intelectuales en el país, y el crítico y periodista Adriano Páez (1844-1921), por quien el escritor ecuatoriano Juan Montalvo (1832-1889), no dejó de expresar su admiración, y quien en su elogiosa evocación nos dice: ¿Qué más se había menester para llamar la atención de la más ilustrada ciudad de Sudamérica, esa Atenas Andina, que allá en su altiplanicie está resplandeciendo con sus sabios, sus oradores, sus poetas, sus mil ingenios que pican en ciencias y artes liberales, sin descuidarse jamás de la política?

    No es en vano buscar las huellas de la inspiración en el misticismo católico tan arraigado en la gran literatura española del siglo XVII; nuestros poetas serían grandes émulos de virtud, sencillez y elevados sentimientos, como es el caso de la Madre Francisca Josefa del Castillo y Guevara (1672-1742) y José Fernández Madrid (1789-1830), patriota eminente por su talento y su genio poético, que encarnó perfectamente el lazo de unión entre el clasicismo del siglo XVIII y el romanticismo del XIX.

    Además de los poetas, de quienes nos ocuparemos en las próximas líneas, está esa pléyade de filólogos y gramáticos, cuyos estudios históricos, filosóficos y científicos, no hicieron sino engrandecer la gloria ya consolidada por sus compatriotas. Tal es el caso de José Manuel Marroquín (1827-1908), Rufino José cuervo (1844-1911) y Marco Fidel Suarez (1856-1927).

    Entrando en materia, a continuación haremos un recuento de lo que ha sido la expresión estética de nuestras letras en la lírica, a través de tertulias, revistas y movimientos surgidos a los largo de dos ininterrumpidos siglos de quehacer poético, literario e intelectual.

    El salto no puede ser más romántico: de las luchas independentistas al reino del parnaso. Nuestros vates entonaban cantos sublimes a los próceres, cual dioses guerreros hijos del Olimpo. Fue gracias a esa pléyade de aedas que se gestó en la primera mitad del siglo XIX, como nuestra patria empezó a forjar esa bien ganada fama de país culto y erudito, convirtiéndose en un tesoro invaluable para las letras y gloria de nuestra nación.

    Escribe el señor Menéndez y Pelayo: Es cierto, el romanticismo entró por Venezuela, pero fue en Bogotá donde arrancó magníficos acentos de amor y de ira a los espíritus ardientes e indómitos de José Eusebio Caro (1817-1853), Julio Arboleda (1817-1862) y José Joaquín Ortiz (1814-1892).

    Tampoco podemos dejar de citar a dos poetas de la región antioqueña. Una región que se unifica en su canto épico a lo rural, símbolo de libertad y pureza. Esta es de las pocas regiones en Colombia, sino la única, de la que se puede hablar de una literatura con acento propio: la literatura antioqueña. Personalmente creo que eso se debe a su regionalismo; y sus trovadores lo cantaron en su poesía primitiva y agreste. Ese es el caso de Gregorio Gutiérrez González (1826-1872), cuyos versos, inmensamente populares, se entonaron en las verdes y quebradas montañas antioqueñas; y Epifanio Mejía (1838-1913), destacado exponente de la poesía nativista y melancólica.

    Tampoco podemos dejar de citar al hoy olvidado Diego Fallón (1834-1905), maestro del estilo sobrio, depurado y elegante, que en versos teológico-filósofos canta el simbolismo de la naturaleza.

    Jorge Isaacs (1837-1895), es la figura más emblemática y popular del romanticismo, no solo colombiano sino hispanoamericano: el novelista y poeta al que la gloria ya lo ha llenado de elogios, y la historia de la literatura le ha reservado un puesto de honor. Leedlo con el corazón, con la imaginación, con la pasión desbordada de deseos; haced de cuenta, ensoñador lector, que estás sentado a la orilla de un río o contemplando la belleza de nuestro inmenso valle, y escuchad cómo entre sollozos, María exclama el nombre de Efraín.

    Rafael Pombo (1833-1912), el patriarca del romanticismo. Uno de los más señeros orgullos de nuestras letras y el pensamiento. Sus maestros fueron los románticos ingleses, con los que se familiarizó dada su larga estadía en Estados Unidos.
    Miguel Antonio Caro, (1843-1909), escritor, filólogo y eminentísimo traductor. Ahíto de latín; su métrica era perfecta. También fue presidente de la república.
    Diógenes Arrieta (1848-1898), el poeta filósofo. Era, al decir de su entrañable amigo Vargas Vila, un griego de los tiempos de Pericles; un Platón ateo. Como bardo, no figura en esa procesión de cantores asmáticos, que van cantando quimeras en los brazos del ensueño.
    Candelario Obeso (1849-1884), el precursor de la poesía negra en América.

    En el año de 1885, tras terminada la guerra civil, un grupo de muchachos, alentados por el joven editor José María Rivas Groot (1863-1923), formarían la nueva sangre de la poesía colombiana, alejados de los viejos moldes que tenían prisionera la poesía. Y así surgen los primeros poetas modernistas en Colombia, encabezados por uno de sus precursores más insignes, José Asunción Silva (1865-1896), seguido de los poetas Julio Flórez (1867-1923), Ismael Enrique Arciniegas (1865-1938) y Carlos Arturo Torres (1867-1911), entre otros. Al año siguiente, y agrupados en un libro de versos titulado La Lira Nueva, se publican las composiciones de treinta y cinco poetas, pertenecientes todos a la generación que sirvió de enlace entre los románticos y los modernistas.

    Además de Silva, quien nos ha legado una de las obras más ambiciosas de la poesía en Colombia, citaremos los nombres de tres espíritus modernistas diametralmente opuestos en su estilo y entonación, vida y obras, emociones y ritmos.

    El primero de ellos, Guillermo Valencia (1873-1843), modernista clásico y parnasiano de inspiración grecolatina. Porfirio Barba Jacob, (1883-1942), poeta trashumante, delirante y desesperado, maldito y modernista. José María Vargas Vila (1860), poeta por inspiración, modernista por temperamento. Los tres se erigieron como figuras señeras, dignas representantes del más auténtico, exótico y fecundo modernismo hispanoamericano. A sus nombres debemos añadir el del escritor y poeta de la selva José Eustasio Rivera (1888-1928), que, como en el caso de Jorge Isaacs, alcanzó renombre en toda Hispanoamérica con una novela, destacándose como un gran conocer de la naturaleza y la sensibilidad humana.

    Junto a este grupo de rapsodas, están aquellos que, además de poetas, fueron grandes traductores, que van desde el ya mencionado Rafael Pombo, pasando por Eduardo Castillo (1889-1938), Miguel Rasch Islas (1887-1953) e Ismael Enrique Arciniegas, que, al igual que Caro, también tradujo a Horacio. También es memorable la famosa traducción que hiciera el joven escritor Bernardo Arias Trujillo (1903-1938) del poema de Oscar Wilde titulado La balada de la cárcel de Reading, en la que incluyó una fuerte crítica a la versión vertida al castellano por Guillermo Valencia; en ella nos dice: Las estrofas de Wilde, en la versión valenciana, salen malferidas y deterioradas; tergivérsanse sus pensamientos y sus intenciones poéticas, hácensele decir cosas que no llegó a pensar el autor y giros hay de tan dudoso gusto y versos tan prosaicos y rimas tan pobretonas y escasas, que más le valiera a don Guillermo Valencia haber desistido honorablemente de intentar la interpretación del poema wildeano.
    Y es que tal era la genialidad de nuestros poetas, que se daban el lujo de escribir versos perfectos en latín.

    Ya entrado el siglo XX, las tertulias, en las que tradicionalmente se han agrupado nuestros poetas, continúan haciendo su aparición. Una de ellas es la conocida como La Gruta Simbólica, iniciada por el año de 1902, y de la que el poeta Julio Flórez fue uno de sus más asiduos contertulios.

    Transcurrido un cuarto de siglo, hacen su aparición en el país, los llamados Penúltimos o Los Nuevos, en donde se destacan las figuras prominentes de León de Greiff (1895-1976), Rafael Maya (1897-1980), Luis Vidales (1900-1990) y German Pardo García (1902-1991).

    En cuanto a los poetas de la mitad del siglo, podemos citar a los miembros del grupo conocido como Piedra y Cielo: Aurelio Arturo (1906-1974), Jorge rojas (1911-1995) y Eduardo Carranza (1913-1985) entre los más destacados.

    Dentro de la llamada generación agrupada alrededor de la revista Mito, debemos citar a los poetas Fernando Charry Lara (1920-2004), Álvaro Mutis (1923-2013), Jorge Gaitán Durán (1924-1962), Eduardo Cote Lamus (1928-1964), además de Rogelio Echavarría (1926-    ), que se ha destacado como un importante antologista, de la que ya es memorable su Antología de la poesía colombiana.

    El Nadaísmo surgió a mediados de los años cincuenta. Se trató de un movimiento literario de gran contenido social. Encarnó como ningún otro, el inconformismo de una sociedad manipulada por los intereses políticos de los burgueses, las creencias religiosas y las costumbres ancestrales.

    Sus creaciones poéticas, además de sus acciones revolucionarias e irreverentes –quema de libros en plazas públicas y demás–, fueron un claro ejemplo de provocación, en los que serían los iniciadores de las llamadas protestas sociales en Colombia; jóvenes poetas, cantores de la nada, cuyo legado, una poesía rica en imágenes y desórdenes estéticos, hace parte de uno de los legados literarios más sugestivos –con todo su inconformismo– surgidos en el país en la segunda mitad del siglo XX. Además de Gonzalo Arango (1931-1976), su creador, podemos citar a Jaime Jaramillo Escobar (1932-    ), Amílcar Osorio (1940-1985) y jota Mario Arbeláez (1940-    ).

    Otros poetas que se sitúan de manera cronológica con los nadaístas, pero que estética y literariamente mantuvieron su independencia, tanto en sus obras como en sus vidas son: Mario Rivero (1935-2009) y José Manuel Arango (1937-2002). Otros poetas que no podemos dejar de citar son: Elkin Restrepo (1942-    ), Jaime García Maffla (1944-    ), Raúl Gómez Jattin (1945-1997), Harold Alvarado Tenorio (1945-    ), Giovanny Quessep (1946-    ), además del ensayista, poeta y traductor William  Ospina (1954-    ), de quien se ha dicho ha hecho, hasta el momento, la mejor traducción de los sonetos de Shakespeare.

    Con las poetas mujeres no ha sucedido lo mismo que con los hombres, por lo menos en Colombia. Aparte de la ya citada Madre Josefa del Castillo, a la que se le debe una rica y sugestiva poesía mística, podemos citar, antes de instalarnos en el siglo XX, el siglo de la poesía femenina en Colombia, a la poetisa sentimental y mística doña Silveria Espinosa de Rendón (1815-1886); a Agripina Montes del Valle (1844-1915), apreciada por sus contemporáneos como una de las más insignes poetizas de su tiempo debido a la alta aspiración espiritual, libertad y alegría particular de sus versos; y por ultimo citaré a Bertilda Samper (1856-1910), hija de la ilustre Doña Soledad Acosta de Samper, autora de una poesía mística y descriptiva.

    Ya situados en el siglo XX, recogeremos los nombres de las más destacadas poetisas de nuestro país. La mayoría de ellas, sino todas, aparecen recogidas en antologías de poesía amorosa; tal es el caso de Laura Victoria (1904-2004), Matilde Espinosa (1910-2008), Carmelina Soto (1916-1994), Mariela del Nilo (1917-2007), Dolly Mejía (1920-1975), Meira del Mar (1922-2009), Maruja Vieira (1922-    ), Dora Castellanos (1924-    ), Olga Helena Mattei (1933-    ), María Mercedes Carranza (1945-2003), Anabel Torres (1948-    ), Piedad Bonnett (1951-    ), Orietta Lozano (1956-    ), entre otras.

    Tratándose este artículo de una muy breve historia del quehacer poético en nuestra hermosa patria, y no de un ensayo crítico de esos que muy bien saben hacer los antologistas, no me he detenido a señalar libros y menos aún a citar poemas, muchos de ellos tan famosos como sus autores.

    El propósito de este compendio, es sin duda informativo. Muchos de los poetas citados, ya hacen parte del parnaso celestial; otros, aún continúan su trasegar en este mar de sentimientos y propósitos que es la vida. Muchos de ellos forman parte del Olimpo, en donde las musas les han reservado un lugar de honor.

    Los que no entran en la historia por su talento, genialidad y grandeza, entran en la cronología.

    Finalmente, Será la curiosidad del lector, la que se encargue de darles nuevamente vida.


Ustedes los Poetas,
son los grandes sembradores de belleza,
peregrinos de ensueños,
evocadores de los fantasmas sonoros,
apurando el elixir de la vida,
en la copa vacía de los cielos sin dioses;
o llenos de un solo Dios:
el Amor.

Vargas Vila


BIBLIOGRAFÍA:

Los divinos y los humanos. José María Vargas Vila. Sopena, Barcelona-1920
Historia de la literatura colombiana. Gustavo Otero Muñoz. Librería Voluntad, Bogotá-1945
Historia de la literatura universal. Gili Gaya. Editorial TEIDE, Barcelona-1962
Diccionario de emociones. Bernardo Arias Trujillo. Bedout, Medellín-1973
La literatura hispanoamericana. Jacques Joset. Oikos-tau ediciones, Barcelona-1974
Las catilinarias. Juan Montalvo. Editora BETA, Medellín-1975
Forjadores de Colombia contemporánea. Planeta, Bogotá-1988
Poesía amorosa colombiana. Hernando García Mejía. Edilux, Medellín-1992
Manual de literatura colombiana. Fernando Ayala Poveda. Educar Editores, Bogotá-1994
Tres titanes de la literatura colombiana. Roberto Meisel Lanner. Gobernación del Atlántico, Barranquilla-1996
Mujeres de Colombia. Antología poética. Colina, Medellín-1999

Poemas de todos los autores aquí citados se pueden leer en la página del Banco de la República o biblioteca virtual Luis Ángel Arango