sábado, 26 de noviembre de 2016

FIDEL CASTRO: EL DICTADOR



LA COLUMNA DEL STRIPPER

Esteban Blandón

  
 
Ese monstruo que tiene secuestrado a mi país.
Olga Guillot


Al César lo que es del César: la muerte.
A Dios lo que es de Dios: el olvido.
Vargas Vila


No soy un hombre, soy un Dios.
El dictador


    Dios es una idea; a veces la más nefasta de cuantas surgen en el pensamiento del ser humano. Así como con la política, a veces la más nefasta de cuantas nos imponen las leyes. Y así con los hombres, a veces la más nefasta creación de la naturaleza.

    Con motivo de la muerte del dictador Fidel Castro, he vuelto sobre algunos textos de Vargas Vila, y como ya me había sucedido con ese otro demagogo del poder llamado Hugo Chávez, sólo me bastó abrir alguno de los libros en donde nuestro insigne escritor retrata esa obsesión absurda por el poder que profesan algunos hombres, para ver retratada la figura del guerrillero cubano; hablo de Los providenciales y Los césares de la decadencia.

    El dictador, nos dirá Vargas Vila, representa el sueño de un soldado, el triunfo del derecho por la fuerza y la opresión; libertad de la patria, no por él, sino para él; siniestro empeño de la gloria alimentada por la ambición, que gobierna ese pueblo ignorante presa de la mentira divina; después de los tiranos de sacristía, no hay nada más odioso que los tiranos de cuartel.

    Y adelantándose a lo que sería el destino de este pueblo, nos dice: El día que murió Martí, el alma de Cuba libre murió con él; después, no se arrastró sobre su tumba, sino la sombra esclava de un pueblo.

    Dicen hoy los medios: Muere uno de los líderes más controvertidos de la historia contemporánea. Y yo me pregunto: ¿Líder de qué?

    Un hombre libre no es el cortesano de su época: es su juez. Seamos sin piedad para los enemigos de la libertad.

    Para muchos, toda rebelión les es odiosa, porque sólo el poder les es querido; ellos no saben que oprimir a un pueblo, es tarea de un lacayo afortunado, esclavo de su ambición.

    Mi indignación se confunde por momentos con las cáusticas palabras del genio, cuya único dios fue la libertad, sacrificando su arte, por el amor, a veces estéril, de la justicia.

    Nada de lo que hiciera Fidel es bueno para el mundo, pero sí lo era para el pueblo cubano. Y no voy a hacer aquí un recuento de sus crímenes, eso sería erigirle una estatua a la demencia de los dioses.

    Pero cuando los dioses son letrados, se imponen sobre la ignorancia de las muchedumbres.

    Era abogado, doctor en derecho civil y licenciado en derecho diplomático. Ahora que lo sabéis, tal vez me deis la razón. Entonces se podría decir que legalmente poseía los conocimientos para hacer de sus aspiraciones políticas una dictadura.

    Y fue el dueño de su país, comandando los destinos del más largo régimen dictatorial en este continente infestado de caciquismos, sin otro prestigio que el de su crimen.

    Ahora, qué tiene Fidel para que el pueblo cubano lo considere el hombre más representativo de su historia. Este, un país del que cualquier ciudadano americano se hubiera sentido orgulloso de tener como patria, y como hermanos al inmortal y heroico José Martí, a la extraordinaria Celia Cruz, o ese mito de la imaginación llamado Alejo Carpentier.

    Acérrimo crítico del capitalismo, creía, como creen los designados de Dios, que la libertad tiene un precio, que estamos condenados a la esclavitud, y que solo el rey-dios que todo lo sabe, está capacitado para regir el destino de las masas confundidas e ignorantes.

    La dictadura de Fidel tuvo muchas cosas a su favor: la primera de ellas, que Cuba fuera una isla; su amistad con los países socialistas y potencias nucleares, y por último, haber triunfado en el poder en un momento en que las juventudes buscaban la emancipación por la rebeldía.

    Sin duda, Fidel aspiró muy alto, y se hizo el Dios de una nación-isla con un gobierno que supera todas las utopías en el nuevo mundo: la utopía de la libertad. Es quizá por ello, que el ruido de nuestras modernas democracias ha sido un largo combate por alcanzar ese sueño del que Bolívar no fue más que un proclamador.

    Este tipo de revolucionarios no debería ser una inspiración para nadie. Un revolucionario no es un tirano; y sin embargo, eso fue lo que Castro le hizo creer al pueblo cubano; he ahí su más grande crimen.

    Las palabras del ingenioso Quevedo, política de Dios, gobierno de Cristo, tiranía de Satanás, y en donde está representada la única ley que debe existir para los hombres y cuyo ejecutante es el dictador, sirven como epílogo a este texto que sólo tiene una aspiración; que este breve juicio se lea como un iracundo epitafio frente al panteón donde yacen ya inertes y devorados por las larvas, aquellos leviatanes que se han erigido en nuestras sociedades como una efigie a nuestra cobardía.

    Hoy, este satanás del caribe, escapado de las estepas tribales del África occidental, pasará a engrosar ese catálogo de ignominias con la que los hombres de la libertad reescriben el sueño de la historia: un mundo sin opresores donde el único tirano sea el tiempo, vencido por ese propósito llamado firmeza, conquistando con sus esperanzas, su fecunda autoridad.

sábado, 12 de noviembre de 2016

ENSAYOS DE FILOSOFÍA FRANCESA II: MONTAIGNE


LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón


Michel de Montaigne
(1533 - 1592)


    Filosofar es aprender a morir, dijo Montaigne.

    ¿Y quién es Montaigne?

    En un ensayo de filosofía francesa, posiblemente el primer nombre importante que se cite sea el de Descartes.

    Pero dejemos a Descartes y su idealismo racionalista, y adentrémonos en el pensamiento de este escéptico materialista al que la filosofía no ha dejado de señalar como uno de los más grandes pensadores en la historia de la humanidad.

    A menudo se le cita como el primer gran improvisador de la historia de la filosofía, dada la forma en que oscilan sus escritos: entre la argumentación y la literatura; fue a esto a lo que el pensador francés le llamó: Ensayos.

    ¿Y qué contienen esos ensayos? Son un compendio de reflexiones, cuyo pensamiento está impregnado de sabiduría humanista.

    Él, es el tema principal de su libro; un hombre que ha vivido, más que para la reflexión, para sí mismo, apartándose de esos largos y complejos juegos de ingenio verbal que son las filosofías.

    Odio al sabio que no lo es por sí mismo, anota en uno de sus ensayos.

    Sus maestros, los poetas y oradores latinos, de los que bebe lo más selecto de la sabiduría antigua, y odia a los filósofos profesionales de los que dice: saben la teoría de todas las cosas y os abandonan para que busquéis quien las ponga en práctica.

    Si por un momento nos preguntáramos por la buena fe de los filósofos, probablemente deberíamos acudir a Montaigne, en quien vislumbramos el fin del filósofo y el comienzo de la leyenda.

    Esa leyenda llamada Hombre al que las religiones han ignorado y las filosofías han complicado.

    Conocido como el Sócrates francés, sus ensayos son un constante diálogo consigo mismo; tal es la fuente de sus argumentos y de su lógica.

    Dada la diversidad, no de humanidades sino de pensamientos, es imposible hallar un todo coherente, ni siquiera en la filosofía, que tiene que valerse de los sistemas y tratados para imponerse frente a esa diversidad.

    El ensayo es un género libre; esa es la razón por la que escogió ese estilo fragmentario en lugar de la forma sistemática que proponen los filósofos profesionales.


    Si filosofar es pensar, vivir es hacerse una filosofía; esa filosofía, puede ser estoica o epicúrea en razón de nuestros preceptos, pero nunca en razón de la llamada virtud natural.

    El estado natural, para Montaigne, es la libertad, del que la individualidad, es un estado de perfección absoluta y casi divina, en donde el hombre puede gozar lentamente de su propio ser.

    Y es a través de sus ensayos, como Montaigne le da estatus de ciencia real y no abstracta a la filosofía.

    Así, filosofar es el más corto camino en la espera por ese largo viaje que es la muerte y del que nada nos dice la vida, porque si hablamos de filosofía, también debemos hablar del hombre, que es quien le da vida al pensamiento a través del lenguaje, esa red compleja de sonidos articulados con la que le damos nombre a todo.

    Si tuviéremos que darle un nombre a ese ejercicio literario en el que se funden sus reflexiones, la palabra adecuada sería: Yo, aunque, como lo dice el propio Montaigne, Siempre habrá alguna palabra que no deje de ser suficiente aunque sea concisa.

    La razón se burla de nosotros cuando la fe excede los secretos de la voluntad; el secreto de su voluntad, fue la mesura con la que supo conducirse en un tiempo en el que el pensamiento apenas empezaba a emanciparse.

    Montaigne no es un hombre de interrogantes, él mismo es la respuesta a su interrogante; y cuando los plantea, los resuelve con otra pregunta.

    ¿Qué se yo?, es la pregunta que Montaigne se formula en el momento en que empieza a redactar sus ensayos. Esa pregunta, ha venido a sustituir, al tiempo que nos brinda una respuesta, a la mítica pregunta: ¿quién soy?, en la que tanto se han entretenido los furrieles de la razón.

    Sus ensayos responden a este cuestionamiento, siendo al mismo tiempo una manera de liberarse de esa erudición libresca que ahogaba las inteligencias en los inicios del renacimiento.



    André Gide, espíritu independiente y hedonista, del que otro tanto podríamos decir, anota en el prólogo a ese extraordinario libro titulado Páginas inmortales de Montaigne:

    El éxito de los ensayos sería inexplicable sin la extraordinaria personalidad del autor. ¿Qué aportaba de novedoso al mundo? El conocimiento de sí mismo, pues cualquier otro conocimiento le parecía incierto; sin embargo, el ser humano que descubre, y que nos descubre, es tan auténtico, tan verdadero, que cada lector de los Ensayos se reconoce en él.

    Montaigne fue una especie de librepensador que anticipó a Spinoza, como diría Sainte-Beuve, y que nos enseñó, como lo anota muy sabiamente el sorprendente Gide, que ocuparse de sí mismo, es ocuparse de su pensamiento.

    Y aunque aparezca al lado de Descartes y Pascal según la tradición moralista francesa, Montaigne está lejos de serlo: los moralistas forman al hombre, yo los describo, anota en uno de sus ensayos.

    En conclusión, Montaigne es lo que podríamos llamar: un filósofo –un hombre– honesto, como lo expresa este aparte del que podríamos reprocharle su exceso de honestidad: Me casé simplemente para no pelearme con la iglesia.

    Puede que sus ensayos no sean filosofía al uso, pero como lo dice el propio Montaigne, podrían subsistir en la región intermedia.

    Yo soy mi razón, ha debido pensar Montaigne mientras anotaba sus reflexiones, para finalmente decirnos: Me gusta el proceder poético, a saltos y zancadas; es un arte, como dice Platón, volátil, divino.

    Todo libro tiene un alma, como ha dicho Vargas Vila, y esos ensayos, contienen toda el alma de Montaigne.


***

Nada se cree con más firmeza que aquello de que menos se sabe.

La rotundidad y la obstinación son signos manifiestos de estupidez.

Valiente en la muerte no porque su alma sea inmortal, sino porque él es mortal.

La experiencia muestra que las excelentes memorias suelen unirse a flacos juicios.

Es ridículo e injusto que la ociosidad de nuestras mujeres resulte mantenida por nuestro sudor y trabajo.

Quiero que se actué, que la muerte me encuentre plantando mis coles, pero sin preocuparme por ella, y menos aún por mi jardín imperfecto.


Montaigne

domingo, 6 de noviembre de 2016

ENSAYOS DE FILOSOFÍA FRANCESA I: ALAIN


LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón


    Pensar es decir no, dice Alain.

    ¿Saben quién es Alain?

    Además de ser un extraordinario filósofo, Alain se convirtió en el maestro de toda una generación de ensayistas y pensadores en la primera mitad del siglo XX en Francia.

    Uno de ellos, y tal vez el más grande de sus discípulos, es ese maestro del ensayo y la crónica biográfica en Francia, el escritor André Maurois.

    Me hubiera gustado, decía André Maurois, ser el Jenofonte de este Sócrates que fue Alain; es por eso que no pido otra gloria sino la de haber anunciado la suya, concluye.

    Todo lo que nos cuenta Maurois sobre su maestro, es de capital importancia, no como testimonio ni literatura, sino como idea.

    Y es allí donde radica su prestigio como ensayista; un amante de la filosofía que hace de historiador.

    Ese es el papel que cumplen hoy en día los profesionales de la filosofía: ser historiadores del pensamiento.

    Claro que Alain también tuvo su maestro. Se trata del filósofo francés Jules Lagneau, quien desarrolló el método de reflexión en la filosofía.

    La gloria de muchos filósofos, consiste en haber sido maestros de grandes y afamados pensadores. Así con el maestro de Alain como nos lo cuenta Jacques Suffel en su biografía sobre Maurois.

    La filosofía de la reflexión, es lo que hoy conocemos como la filosofía del lenguaje.

    Y es aquí en donde convergen tanto los autores como los temas, haciendo acopio de aquella máxima de Alain en donde nos exhorta a ir hacia la verdad con toda el alma, es decir, aquella que hace de la reflexión, que es la ciencia del pensamiento, el fin del hombre y por ende del universo.

    Por esa razón se privilegia al hombre como artífice de un mundo en donde él también es un Dios.

    Pero eso hay que callarlo, para no herir el sentimiento de esclavitud de las masas.

    Y aunque comparto plenamente la idea de Alain de que es necesario que una sociedad esté gobernada, esto no implica necesariamente que tenga que ser esclavizada.

    La ley del individualista parecerá siempre la filosofía de un anarquista; el anarquista se autogobierna porque no quiere ser esclavo de ninguna ley; también sabe que nadie puede vivir al margen de las leyes, por más explicaciones metafísicas y lógicas que dé el filósofo.
Y por eso se hace un hedonista, un librepensador, sin olvidar el papel que cumplen las leyes en el orden de las sociedades.

    En la sociedad moderna, los vínculos sociales sustituyen cada vez más a los vínculos familiares, volviéndose estos últimos casi inexistentes, es lo que manifiestan los estudiosos de las sociedades de masas a mediados del siglo XX, ante la aparición de los diversos medios de producción.

    Lejos de imaginarse el aislamiento en la que nos sumiría la tecnología del siglo XXI, hacen manifiesta una preocupación moderna: la proclamación de la individualidad.

    ¿Hasta qué punto puede resultar esto nocivo para el futuro de la humanidad?

    Ahora entendemos la preocupación de nuestros filósofos por estudiar la evolución del pensamiento y deshacerse de viejos prejuicios y dogmas, y de aquel manto negro que el cristianismo extendió sobre occidente por más de dos mil años de historia, y que tiene sumida a las gente más vulnerables, en la total ignorancia.

    El filósofo del siglo XXI, que es ante todo un ensayista, estudia al hombre; la ciencia moderna, estudia la sociedad, tema del que también se ha ocupado la filosofía en el último siglo.

    Y esa es una de las razones por las que cobra importancia el pensamiento de Alain, quien ocupa un lugar destacado en el pensamiento francés del siglo XX. De ello da cuenta ese inmenso amor que por su maestro tuvo André Maurois; el discípulo ensayista que enaltece el pensamiento de su maestro filósofo. Maestro de la sabiduría practica que enseña a destruir los lugares comunes; eso fue Alain para sus seguidores, y lo sigue siendo para aquellos que se sumergen en sus cavilaciones y nos comparten su pensamiento, como es el caso de André Comte-Sponville, a quien temas como el amor, el conocimiento y la libertad, ocupan parte de su quehacer ensayístico, cuyo tratamiento filosófico ha hecho que sus obras sean muy populares en Francia y entre el público de habla hispana.

    Sponville comulga con esa idea que el sociólogo tiene del hombre: un animal social; y también moral, donde nos habla de la Política, que es la ciencia de las leyes.

    No hay que ser un teórico del derecho para saber que la política, como dice Sponville, nos salva de la guerra, el miedo y la barbarie.

    Hay otras explicaciones menos ortodoxas que pertenecen a la lógica de la individualidad, y sobre ellas se pronuncian destacados teóricos, aquellos que hoy escriben sobre hedonismo ético y librepensamiento.

    En ellos hallamos algo en común, y es su manera de hacer filosofía: con el pensamiento y el hombre, ambos en constante trance evolutivo. Es por ello que la ciencia siempre podrá tener la última palabra, si así lo desea la filosofía, pero no podemos olvidarnos del hombre, protagonista y al mismo tiempo artífice de esa evolución.

    Y es en esa relación entre Alain y Maurois, maestro y discípulo, en donde se condensa esa relación que hay entre dos disciplinas del pensamiento, y que Montaigne supo aunar con especial maestría, la del filósofo con el ensayista.

    Hablar al hombre de su libertad antes que de su esclavitud, enseñar la esperanza antes que el temor, he aquí el secreto de los sabios, es lo que nos cuenta finalmente Maurois.