domingo, 11 de diciembre de 2016

ENSAYOS DE FILOSOFÍA FRANCESA III: GUYAU

LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón


EL ANARQUISTA INCONSCIENTE

Jean Marie Guyau (1854-1888)


El pensamiento es como el universo:
se expande, pero no tiene fin.
La palabra es finita; la reflexión es infinita.


    Si hablamos de evolución, hay que hablar de los filósofos vitalistas y positivistas: Comte, Spencer, Darwin, Guyau.

    Guyau murió a los 33 años en plena formación de su pensamiento evolucionista; el océano fue su inspiración, ese gran maestro de filosofía como lo llamó. Sólo el mar pudo darle una idea de la vastedad del universo.

    Gracias a él, supo que hay temas que no admiten discusión, entre ellas la fe, en donde Dios, es un instinto de lo divino, o sea, un instinto artificial.

    En ningún otro elemento de la naturaleza, se simboliza tan maravillosamente la inmensidad del universo que en esa descomunal masa de agua, metáfora del pensamiento que nace para rozar la infinitud del universo. El universo se piensa a sí mismo en nosotros, que somos la materia inteligible, luz artificial que nace del intelecto.

    Son más las cosas lejanas que ocultas las que hay en el universo, es lo que ha intuido Guyau, en la lucha de la materia con el pensamiento, es decir, con su existencia. Difícil papel este que nos tocó de confrontar la materia con la nada. Y esto es lo que somos para el filósofo evolucionista: el universo que ha tomado forma, y no cualquier forma: la forma inteligente.

    Guyau, a quien se le asocia con el anarquismo filosófico de finales del siglo XIX llamándolo el anarquista inconsciente, más que por sus posiciones moderadas por sus teorías acerca de la sociabilidad, ha dicho, que el principio de todo es la sociedad.

    Gracias a esté postulado, Guyau se erige como un filósofo de la acción; en dicha causa constante, no hay lugar para el pesimismo. Así nos lo demuestra Alfredo Fouillée, su padrastro y a quien le debemos una de las primeras biografías sobre el filósofo: “Casi hubiera tenido derecho a ser pesimista; pero unía a su exquisita sensibilidad un espíritu demasiado positivo y científico, una compresión demasiado clara de la realidad para exagerar el sentimiento de las miserias humanas hasta el pesimismo de Schopenhauer”.

    Es por ello que como filósofo vitalista, hallamos en él una postura claramente definida, y es aquella donde dice: Vibrando con el todo, ¿para qué me sirve el perseguir esa palabra tan dulce al corazón: ¡Libertad!? Prefiero otra, que es ¡Solidaridad!

    Como evolucionista, su postura es igual de preclara: La realidad no agota todo lo posible ni mucho menos lo impensable, aduciendo que: a todo pensamiento corresponde un movimiento; las invisibles vibraciones del pensamiento que pueden agitar los mundos.

    Guyau también se ocupó de la moral como tradicionalmente lo han hecho tantos filósofos y pensadores a lo largo de la historia de la humanidad, pero al contrario de muchos de ellos, está lejos de convertirse en un moralista a la usanza o de aquellos que se inscriben dentro de la tradición moralista francesa, identificándose así con la filosofía anarquista gracias a sus concepciones con respecto a este conjunto de normas. En sus posturas, aduce, la fecundidad moral excede, en cierto modo, a la sociedad humana, extremando los principios de la libertad, de los que el hombre ha venido a ser el artífice de su ciencia.

    La moral sólo es necesaria como orden social. Más allá de ese orden, es inexistente, además de innecesaria, cualquier regla moral. El universo se rige por sus propias leyes, frente a las que el hombre y su pensamiento, no son más que detallados observadores de esa gran fuerza cósmica.

    La moralidad, nos dirá finalmente Guyau, no es más que un feliz accidente de la evolución, en la que los idealistas y cristianos son los llamados a ser los primeros en hacer de sus leyes, la ética represiva de la vida. Ellos, que se constituyeron en los primeros sociólogos de las clases sistemáticamente establecidas, han terminado por ser los más grandes moralistas. Así se constituyeron en la medida del futuro de la filosofía.

    A la pregunta de si somos los únicos seres que piensan en el universo, responde categóricamente que No, aceptando la existencia de otras formas de vida superiores o inferiores en inteligencia.

    La infinidad de seres extraterrestres que circuyen el universo, nos dirá, vienen a ser nuestros hermanos planetarios; tal vez algunos de ellos sean como dioses en relación a nosotros.

    Y en esto se parece enormemente a Nietzsche, a quien influenció, y para quien la divinidad no consistía en la existencia de un dios, sino de dioses. Sólo que a diferencia del filósofo alemán, para quien su vitalismo se circunscribe dentro de las teorías darwinianas del más fuerte con el llamado superhombre nietzscheano, el vitalismo de Guyau, es un vitalismo social, solidario.

    Pero dejemos que sea el propio Guyau el que nos hable: “La evolución, en efecto, ha podido y debido producir especies, tipos superiores a nuestra humanidad: no es probable que seamos el último escalón de la vida, del pensamiento y del amor. ¿Quién sabe además si la evolución no podrá o no habrá podido hacer ya lo que los antiguos llamaban dioses?”

    Nos sacrificamos a la ciencia, por la ciencia misma, anota, haciendo énfasis en una verdad que no admite discusión, y es aquella en donde asegura, que no hay muerte más que con relación a la vida.

    La ciencia sólo presenta hechos; la metafísica, sólo presenta hipótesis. El filósofo, presenta su ciencia, la reflexión, que es infinita, como el universo. Y es aquí, donde nos lleva a formularnos esta gran pregunta: ¿es imposible probar la no existencia de algo que se ha imaginado? Si tuviéramos afán por responder, esta sería, sin duda, una gran respuesta: Dios también es una ley de economía.

    Su secreto, como el librepensador que fue, residió en la franqueza de su pensamiento. Por eso Guyau hace parte de los filósofos honestos, y no duda en afirmar, sin ocultar el rumbo que en el futuro tomará la ciencia, y mostrándose como un digno representante del pensamiento evolucionista, que vale más la turbación, que la indiferencia o la ciega fe.

    Dentro de la genialidad de este precoz filósofo, además de mostrarse un agudo poeta en su libro Versos de un filósofo, está el haber reivindicado para Víctor Hugo el título de pensador que ciertos contemporáneos le han discutido injustamente.

    En su pensamiento vitalista, altamente valorado, también hubo lugar para la filosofía epicúrea, dando muestra de su alta concepción en estos estremecedores versos: ¿sería yo pues, menos libre contigo, Poesía, si me abandonara para siempre sobre tu seno? Una cosa semejante a tu dulce armonía creo que es el amor.

    La verdad es accesoria pero no el valor de las ideas, y mientras la muerte venga en auxilio de la vida, cada nuevo pensamiento, será como un renacer, y nos convencerá, que la duda, es la dignidad del pensamiento.