domingo, 22 de enero de 2017

DONALD TRUMP Y EL CAPITALISMO PROGRESISTA

 LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón


    El monstruo de la política estuvo encinta y dio a luz lo que había mal engendrado: el Político, nos cuenta Larra en uno de sus artículos de costumbres, que en lenguaje coloquial se traduce como: astuto, hábil, sagaz, calculador; todas estas competencias al servicio del arte de la diplomacia.

    Ahora, ¿qué podremos decir del empresario Donald Trump, presidente electo de los Estados Unidos?

    Trump es como un bueno matemático: suma, y lo sabe todo; en eso consiste su política de unificar al país, como lo expresó en su discurso frente al monumento a Lincoln. Y es por esa razón por la que cada vez lo encontraremos más egoísta y arrogante que nunca.

    Pero si reflexionamos un poco acerca de lo que podría ser su gobierno como presidente de los estadounidenses, esto es lo que muy seguramente vamos a encontrar en lo que se ha dado en llamar un político (presidente) atípico.

    Desde el principio de su candidatura manifesté mi simpatía por Donald Trump, que es un claro ejemplo de capitalismo progresista. Pero, ¿qué es eso de capitalismo progresista?

    En términos trumptianos, se trata de no involucrar a su país en las guerras que libran otros países tanto de manera económica como bélica; de blindar la frontera con Méjico, país de donde proceden más de la mitad de los males que aquejan a la nación americana; y por último, hacer de su país una potencia más que política, económica. Esto, según lo ha manifestado de manera reiterativa, redundará en el beneficio de cada uno de sus ciudadanos, evitando así que los extranjeros se queden con los empleos de los estadounidenses.

    Ahora, ¿qué significa esto en términos empresariales? Pongamos un ejemplo:
    Si para salvar nuestro planeta tuviéramos que sacrificar la mitad de la población mundial, ¿cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a dar nuestra vida por dicha causa? Seguramente muchos de los que me leen, se negarían a ofrecerse. En ese caso, deben tomarse medidas drásticas; y la lucha sería a muerte; nefastos conflictos darían paso a nuevas guerras y sus consiguientes consecuencias: hambrunas, enfermedades, miseria.

    En el caso de las empresas, se sacrifican los empleados con menos tiempo de trabajo. Allí no hay elección. Lo mismo sucede con el bienestar de un país; y es más o menos a esto a lo que le apuesta el señor Trump. Es por ello que los inmigrantes ilegales serán los primeros en ser expulsados.

    Pregunto: ¿es tan malo que un gerente quiera exterminar de su compañía todo aquello que la desangra? Y eso es lo que, presumo, será el señor Trump para los Estados Unidos: un riguroso director administrativo.

    Permítaseme hacer un poco de historia.
    Dice el economista y demógrafo Thomas Robert Malthus:
    La población crece en progresión geométrica: 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256, 512, 1024.
    En tanto que la producción lo hace en progresión aritmética: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10.
    Esto, en lenguaje trumptiano, se traduce de esta manera:
    ¿Cómo reducir la pobreza si no se reducen la mayor fuente de su expansión?

    Lo cierto es que decir que la única manera de erradicar la pobreza es erradicando los pobres, siempre parecerá un despropósito inhumano y absurdo. Pero mientras no se tomen medidas al respecto, ese sueño de algunos caudillos parecerá una utopía.

    No esta demás recordar que las teorías de Malthus fueron muchas veces utilizadas como argumento en contra de los esfuerzos que pretendían mejorar las condiciones de los pobres.

    En Alemania, nos recuerda un viejo filántropo, hubo una época en que el emperador era el padrino del séptimo hijo de un matrimonio. En otros países se crearon premios, subsidios, para las familias numerosas.

    Ahora el gigante asiático hace hasta lo imposible para detener la expansión demográfica; pero tal vez sean ellos los primeros en haber comprendido que a mayor población, mayor producción; y es su numerosa población, la que se ha convertido en su mayor activo, convirtiéndolos en la segunda potencia económica del mundo.

    Frente a eso, no será precisamente Trump quien tome medidas al respecto, quien ha llamado tramposos a los chinos; aun así, ha traído inversores de ese país a Estados Unidos para ayudar a financiar algunos de sus proyectos inmobiliarios.

    ¿Qué dirían Darwin, Marx o el mismo Malthus, si se dieran cuenta que teorizaban para un hombre como Donald Trump?
    La selección natural es un argumento muy sólido en contra de los débiles; como eso de elogiar al capitalismo desde lo que se ha creído era el comunismo, no es un sofisma, es una verdad. En cuanto a las ideas malthusianas, son precisamente el sir Darwin y el sir Marx quienes mejor nos han dado una idea de sus teorías.

    Es muy probable que el señor Trump no se haya ocupado de las teorías evolucionistas, comunistas, y mucho menos del Ensayo sobre el principio de la población de Malthus, pero sus particulares posiciones políticas, harán de su gobierno, sin duda, uno de los de más trascendencia en materia de orden político. Y esto lo digo pensando precisamente en una de sus posiciones más polémicas: el calentamiento global, al que no le da ningún crédito, pues si aún hay alguna manera de salvar el planeta, es reduciendo la población; pero como en eso es en lo último que se piensa, el desastre será inevitable. Y en cuanto a eso, más honesto no puede ser el señor Trump. ¡Ah, pero como es el presidente de la nación que vela por los intereses del mundo!

    No dejo de reconocer mi filiación burguesa. Debe ser porque siempre he odiado la pobreza y la ignorancia. Pero no podemos dejarles el mundo a los pobres y los políticos; eso sería como dejárselo a la ignorancia y a los tiranos. En ese caso, como diría un filósofo anarquista, habremos fracasado como especie.

    Ahora, ¿qué tengo yo que decir sobre la sociedad consumista de la que también hago parte? El único y más grande ejemplo de austeridad y sibaritismo hace ya más de dos mil años que murió; así que no vengan los filántropos del paraíso a decirnos cómo es que debemos vivir si los seguidores de la doctrina de Cristo son los primeros en la lista de la sociedad de consumo, eso que el sociólogo Zygmunt Bauman, recientemente fallecido, llamó sociedad liquida.

    Sin aristocracia no hay democracia posible, ha dicho un historiador inglés. Y si bien es cierto que con Trump estamos muy lejos de aquellos Reyes-Filósofos de la república ideal de Platón, son sus posturas iconoclastas las que más nos acercan a un nuevo orden mundial; y es ese nuevo orden el que nos está diciendo que los más vulnerables serán los desheredados.

    Peor fuera que el señor Trump viniera a hacer de salvador del mundo. Él lo único que desea, es convertir a su país en una potencia donde cada uno de sus miembros (habitantes) sea un activo de esa gran empresa que se llama Estados Unidos.

    Eso de velar por los intereses del mundo el señor Trump no se lo toma muy a pecho. En la política empresarial de Trump, regalar dinero para que otro resuelva sus conflictos, no hace parte de su misión. Su visión es otra menos paternalista.

    Solo un poder legítimo obtiene la lealtad de la oposición, dice Maurois en un olvidado texto sobre la historia de Inglaterra; y este pensamiento, me ha llevado a preguntarme: ¿Acaso el poder burgués, régimen al que llaman ilegitimo y fascista, no es un poder legítimo?

    Es cierto, la política nunca me ha interesado sino como documento de la historia y del absolutismo con el que algunos hombres han gobernado a sus naciones; porque todas las luchas son políticas, y no justifican nada, ni siquiera la resistencia moral de la que las leyes son una violación a la libertad y la propiedad. Yo soy la Causa de todo esto, dice el Hombre y le disputa ese honor a Dios. Ese hombre, nos dirá Max Stirner, no es un revolucionario, es un burgués, y ese burgués se llama: Donald Trump, el hoy presidente de los United States.

    En cuando a Barack Obama, se va un presidente, al que como dice otro columnista, le regalaron el Premio Nobel. Dicho premio, es un estímulo a sus esfuerzos por fortalecer la diplomacia internacional y la colaboración entre los pueblos. Sin duda, Obama pasará a la historia como el presidente negro de los Estados Unidos que se ganó el Nobel de Paz, siendo éste un premio a su vocación pacificadora.