domingo, 19 de marzo de 2017

LOS PRÓXIMOS DIEZ MIL AÑOS: ADRIAN BERRY

LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón

LOS PRÓXIMOS
DIEZ MIL AÑOS

Dentro de un mes se cumple un año de la muerte de Adrian Berry, el autor de este singular y por momentos fantasioso  libro. Y esto último no lo digo por el título, ya que cualquier ser humano medianamente inteligente podría aventurarse sin ningún riesgo de parecer loco, por el fantástico mundo de la especulación tecnológica. Lo que sí es claro, es que pocos podrían hacerlo de la manera como él lo hace en esta extraordinaria propuesta científica y futurista.

     Desconozco hasta donde el señor Berry tuvo conciencia de lo dicho en su libro para retratarse de muchas de sus predicciones, y si al igual que muchos filósofos que vieron en los esbozos publicados de sus primeras teorías visiones erróneas, tuvo ocasión de hacerlo. Sé de la existencia de un libro titulado Los próximos 500 años, publicado en el año 1995 (los próximos diez mil años vio la luz en 1973), pero del que no he encontrado mucha información. Tal vez allí desista de muchas de las ideas que lo llevaron a pensar que antes de que terminara el siglo XX veríamos nacer el primer niño en la luna o que seguramente tendría lugar el primer aterrizaje tripulado en el planeta Marte.

     Solo por una razón transcribo el siguiente comentario del prologuista, y es, porque más allá de que se cumplan o no dichos vaticinios, este libro es una muestra imponderable de nuestra, (sino la suya, como queda consignado en las páginas del primer capítulo dedicado al pionero del pensamiento científico moderno Francis Bacon ), repito, de nuestra gran capacidad imaginativa.

     Espero que alguna persona emprendedora tome un ejemplar, lo entierre profundamente en algún lugar a salvo, y trate de asegurar que tenga por lo menos una posibilidad razonable de ser desenterrado y releído en el futuro lejano. Me pregunto ¿qué provecho sacaría de él un bibliotecario del año 11.973? Podremos estar seguros de que la tierra habrá cambiado, y el hombre con ella. Patrick Moore, escritor e investigador inglés.

     Si bien este es un libro de ciencia, no se puede dejar de invocar la figura de Francis Bacon, al que Diderot y d’Alembert, los impulsores de la enciclopedia, llamaron el más grande y elocuente de todos los filósofos. Y es cierto, en la mente y la filosofía de Bacon, se gesta una de las revoluciones intelectuales más importantes de los tiempos modernos, manteniendo que había que abandonar todo tipo de prejuicios e ideas preconcebidas. Es así como precisa las reglas del método científico experimental, convirtiéndose en el mayor impulsor del llamado empirismo científico.
     Pero en dicha apología, también hay lugar para criticar la filosofía idealista de Platón y el pensamiento estoico de Séneca a los que seguramente no dudaría en culpar de nuestro atraso: “Toda la filosofía natural fue desarrollada por los escolásticos, esos pensadores llenos de bizantinismo que razonaban siguiendo el estilo clásico de Séneca, el más famoso de los estoicos, y sobre todo de Platón.

     No deja de ser también interesante esta fantasía compuesta por el historiador inglés Macaulay en 1837, en la que Séneca y Bacon se encuentran durante un viaje. Allí nos da una clara idea del inmenso poder del pensamiento científico.

     Los dos pensadores llegan a una ciudad donde la viruela hace estragos. Todas las casas están cerradas, el comercio se ha suspendido, y las madres lloran con terror por sus hijos. Séneca pronuncia una conferencia sobre la nobleza del sufrimiento. Bacon consigue una lanceta y empieza a vacunar. Después se encuentran con un grupo de mineros que están espantados porque una explosión subterránea ha sepultado a muchos de sus compañeros. Séneca les incita a aprovechar intelectualmente esta tragedia, utilizándola como un ejemplo para demostrar que todos los sucesos, buenos o malos, se hallas equidistantes de la eternidad. Bacon, que no tiene frases tan refinadas a mano, diseña una lámpara de seguridad y rescata a algunos de los hombres sepultados. En una playa se encuentran con un mercader naufragado que está desesperado. Su valiosa carga se ha hundido, y en un momento ha pasado de la opulencia a la miseria. Séneca le exhorta a no buscar la felicidad en las cosas que se hallan fuera de él. Bacon construye una campana submarina y vuelve con los objetos más valiosos del barco naufragado. Se podrían inventar innumerables fabulas como ésta para mostrar las diferencias esenciales entre la antigua filosofía de las palabras y la moderna filosofía de las obras.

     Sin duda, la filosofía del señor Berry, de la que hace gala con sus comentarios sobre capitalismo nacionalista, es la filosofía del progreso y la colonización espacial. No en vano nos dice: Este libro se refiere a la explotación del espacio. Y tras esto, aclara: Tres cosas: conocimiento, riqueza y poder, forman la clave del progreso humano.

     Nos han puesto en una carrera de la que no hay retirada; aunque deseáramos parar todo crecimiento económico, como algunos ambientalistas nos instan a hacer, no habría nada a donde volver, si no es a la pobreza, a las enfermedades y a la mugre urbana.
Y es muy probable que la única manera de escapar de esa mugre sea buscando cómo establecer civilizaciones en otros planetas, o creándolos, como lo sugiere en uno de sus capítulos al que titula: ciudadesestado volantes.

     No está demás decir que el señor Berry era un par hereditario británico (título de alta dignidad), además de periodista y escritor, hijo del propietario de un importante diario británico. Esto sin duda lo pone en contexto con sus ideas progresistas (capitalistas), alentadas por sus sueños de conquistas espaciales.  No debemos, por lo tanto, nos dice, imaginar una civilización planetaria restringida a un único mundo, ni siquiera una comunidad de mundos solares de progreso estático, encogida ante la inmensidad del espacio interestelar. Debemos prever más bien una serie de imperios humanos en la galaxia, quizá dominios de un sistema planetario sobre millones de otros sistemas. La necesidad económica, social y sicológica nos llevará a esta empresa.

     Para efectos de un nuevo orden mundial, se precisa de una estabilidad demográfica en donde no se superen los 10.000 millones de seres humanos. Si no es así, debería ser una política mundial, aseguran los demógrafos, convencidos de que dicha política empezará a hacerse realidad en el siglo XXI.

     Y para no cansar al lector, porque estas ideas platónicas, maltusianas y genésicas se repiten con demasiada frecuencia a lo largo del libro, dejaré el tema aquí.

     A continuación, voy a transcribir algunos fragmentos de sus predicciones a las que hice referencia al inicio de este ensayo, y de las que me abstendré de hacer cualquier comentario dada mi ignorancia en la materia; predicciones que aun para los menos interesados en este tema de la ciencia y la cosmología, no dejan de ser sorprendentes.

     Se demuestran en este libro cómo será posible atravesar distancias interestelares a velocidades mayores que las que sugieren las interpretaciones actuales de las leyes físicas. También se ofrece un completo informe sobre la Escala de Kardashov, en donde el astrónomo ruso Nikolái Kardashov, especulando sobre las civilizaciones inteligentes en el universo, predijo que una civilización planetaria debía pasar por tres fases generales.

     FASE 1: saca sus recursos energéticos de un solo planeta (próximos 100-200 años).
     FASE 2: se utiliza todo el sistema solar madre, desmantelando los planetas gigantes y desplazándolos para utilizar sus materias primas (próximos milenios).
     FASE 3: se explotan sectores enteros de una galaxia (entre 100.000 a un millón de años).

     Carl Sagan sugiere que una poderosa civilización del futuro lejano podría ser capaz de volar estrellas por medio de un láser súper avanzado con una producción de energía de 10 billones de kilovatios. (Sagan no sugiere que esto sea un plan belicoso. Por el contrario, las explosiones de supernovas artificialmente provocadas podrían permitir la explotación minera de los elementos pesados de las estrellas).

     Es difícil decir qué ocurriría si encontrásemos una civilización superior a la nuestra. Posiblemente sus intelectos podrían ser tan avanzados que se hubiesen convertido en mentes puras.

     Mientras la mayoría de las especies no varían, el homo sapiens progresa con una sorprendente rapidez, dice en uno de sus apuntes. Esto, debe ser una prueba de nuestra superioridad y de que seguramente nuestro lugar está mucho más allá de nuestro limitado sistema solar como el mismo asegura. Más adelante anota: la humanidad avanza a pesar de la despreciable estupidez de la mayoría. Esa mayoría, sencillamente no logra ver la importancia de lo que está haciendo la minoría científica. (Minoría de la que él hace parte). Siempre son las minorías prácticas y enérgicas las que realizan el progreso científico que hace avanzar al resto. Su labor es a menudo desdeñada e ignorada, hasta que sus ventajas se hacen manifiestas, y todo el mundo se lanza a aplaudirlas.

     Y para justificar la conquista del espacio por parte de esas minorías –que sin duda son las minorías que controlan el mundo–, pone como ejemplo la China comunista del pasado. Durante muchos años el gobierno de Mao hizo el experimento de una economía casi únicamente agrícola. Se ponía a China como prueba de que el hombre se las puede arreglar sin una alta tecnología. Entonces, a finales de los años sesenta, los chinos decidieron echar por la borda su idea entera. Encontraron intolerable que la economía del Japón sobrepasara la suya. Ahora (1973) están comprando flotas de aviones a reacción civiles, entrando en la industria de los computadores, lanzando satélites espaciales científicos, y, en el campo del consumo, están construyendo cámaras fotográficas de alta calidad a precios que intentan competir con las Nikon. Como muchas otras naciones ambiciosas, los chinos han descubierto que una civilización moderna sin máquinas es como un hombre sin miembros.

     Y como cual evangelista de un nuevo testamento, no duda en asegurar que parte de nuestra capacidad humana puede haber sido preparada por alguna inteligencia cósmica interesada en nuestro desarrollo.
     Pregunto: ¿Acaso no sea esta una manera de volver a Platón y ese mundo de las ideas a priori o conocimiento anterior que nunca pudo explicar y al que nuestro investigador no vacila en criticar al comienzo de su libro? Ah, se me olvidaba explicar el origen divino del místico Platón al que sin duda los dioses ayudaron en la consecución de eso que llamó imaginación intelectual.

     El último capítulo al que tituló El Dios de Spinoza, del que os recomiendo su lectura junto con el primero de ellos, La Nueva Atlántida, donde nos cuenta la utopía fantástica escrita por Francis Bacon. Este último capítulo, decía, es una interesante defensa de las ideas científicas al estilo de ese genio de la ciencia que fue Albert Einstein. El Dios de Einstein y de Spinoza, anota, es el Dios que se revela en la armonía de todo lo existente, no uno que se ocupa de la suerte y las acciones de los hombres. Spinoza fue excomulgado por negar la personalidad de Dios y creerlo parte de la naturaleza encadenándolo a sus leyes.

***

     Cuando tomé por primera vez el libro en mis manos, tuve la vaga esperanza de encontrarme con un compendio de archivos de esos que llaman desclasificados, es decir, aquellos que los gobiernos y la misma ciencia, no le han hallado una explicación. Por la misma época, dos o tres años tal vez, me había encontrado con un libro titilado: La vida extraterrestre del astrónomo francés Pierre Rousseau, quien aunque no se da a la especulación científica y detallada como sí lo hace el señor Berry, nos pone al tanto de las locas ideas de algunos científicos, entre ellos las del célebre Carl Sagan. Acaso, como diría ese hombre que sabía pensar llamado Anatole France, no es probable que la vida (humanidad) extraterrestre pudiese tener otra existencia que la literaria. ¿O acaso la vida y el pensamiento son un monopolio de la tierra?

     Muchos son los interrogantes que surgen a medida que nos vamos familiarizando con el tema, como los que me surgen mientras preparo la estructura ideológica de este ensayo, por ejemplo:
     ¿Cuáles son las intenciones de Dios o de la naturaleza misma? ¿Por qué no vivir en armonía con la naturaleza como lo hacen aun algunas comunidades en las selvas primitivas? ¿Hasta dónde el espacio es navegable? ¿Es posible que el estudio del ser humano nos dé una idea de lo que es el universo y su eternidad? ¿Cómo hacer para ser uno solo con el universo sin violar las leyes de ese orden natural?

     De existir Dios, concluyo, solo habría una cosa que no le perdonaría al hombre: la violación del enigma y el misterio, que en un humanista como Montaigne, vendría a ser una violación del Yo; un yo, que es desarmado por la ciencia poniendo en peligro ese sueño utópico del alma inmortal. Frente a esa posibilidad de proclamar nuestra individualidad por encima de los movimientos ideológicos y apasionados como el milenarismo, comunismo, militarismo, anarquismo o fascismo, surge el más incontestable de los interrogantes: ¿quiénes somos realmente; o acaso importe saberlo? Por momentos pareciéramos creer, que con la conquista del infinito, el hombre por fin hallará una razón de ser de su existencia. De ser así, gracias a la tecnología podríamos estar cada día más cercanos a ese sueño; mientras tanto, nada ni nadie detendrá nuestra carrera por la conquista del infinito.

     Si nuestro Universo es finito, (UNIVERSO: conjunto de todas las cosas creadas) el número de mundo posibles en el espacio interestelar es infinito; de ahí la certeza de que fuimos creados por un Dios, y la opinión de místicos y sabios, de que dentro de nuestra sistema solar (la región ocupada por un sol y sus planetas), todo tiene un orden del que deberíamos abstenernos de alterar.

     Hay un deseo, por momentos inexplicable y absurdo, por revertir todo lo hecho por la naturaleza hasta el momento. Empezaremos por desmantelar al gigante de nuestro sistema solar Júpiter. Es posible, escribe el señor Berry, que dentro de cuatro o cinco siglos seamos capaces de idear explosivos que harían añicos a Júpiter en cuestión de horas. Más adelante cita a Carl Sagan: una civilización de fase 3, sería capaz de construir un cañón laser que podría provocar una supernova. (SUPERNOVA: la destrucción total de una estrella por una explosión violenta).

     Como pensador y humanista, y suponiendo que todo en nuestra existencia tenga un orden, jamás pondré en duda el propósito de Dios o de la Naturaleza misma: el diseño de un mundo al que llamamos paraíso para el disfrute de sus creaturas.
     En ese orden de ideas, manifiesto, al igual que Einstein y Haldane, la incapacidad del hombre para comprender el universo. Y por eso creo, al igual que Pierre Rousseau, que la ciencia nos enseñara a medir nuestras ambiciones.

     Si el conocimiento es poder como asegura Francis Bacon, ¿podría tener alguna validez poner en duda ese mismo poder? Tal vez no, mientras ese conocimiento sea el conocimiento de sí mismo. Es cierto, es ese naciente método científico el que contribuye a que intervengamos, dominemos la naturaleza; ¿y el hombre?

     Al igual que Montaigne y Bacon, Rousseau y Berry, también soy un defensor de la libertad de pensamiento, pues creo, al igual que ellos, que la evolución de la mente no es un proceso improbable; hasta se ha llegado a pensar que la evolución ha alcanzado su máximo desarrollo en el homo sapiens tal como lo conocemos hoy; tal vez por ello, desde la ciencia y gracias a este tipo de literatura, ya no se piense en términos evolutivos, y sin ningún asomo de arrepentimiento, reemplazamos la palabra Evolución por Expansión, y observando la infinitud del espacio, comprendamos que el tiempo es una creación de la mente que le da forma a las estructuras de la materia. Los hombres y las máquinas, completará el señor Berry, son simplemente especies diferentes en distintos estadios de su evolución.

     Este libro es una tesis de nuestro gran poder bélico, del que daremos cuenta a medida que nuestra inteligencia y desarrollo tecnológico alcance esos niveles aun insospechados. También es una muestra del ingente progreso al que nos veremos avocados, tanto económico como tecnológico, no sólo durante unas décadas, ni durante siglos, sino durante milenios.

     La Tierra no puede proporcionar el espacio vital y las materias primas para una progresión geométrica tan colosal; el espacio mismo será explotado. Los planetas del Sol serán habitados e industrializados. Júpiter, el más grande de estos planetas, será desmantelado y sus fragmentos desplazados para recoger la radiación del Sol con más eficacia, anota el señor Berry, no sin antes dejar en claro su postura: En lo que se refiere al presente, siempre estaría dispuesto a dejarme convencer de la existencia de platillos voladores, si aterrizara uno solo de ellos y sus tripulantes posaran para los fotógrafos, pidieran quizá una entrevista con el primer ministro, o por lo menos celebraran una conferencia de prensa.
     Y como si lo anterior fuera poco, añade:
     Aunque se demuestre finalmente que los recursos de la tierra son finitos, los del sistema solar y los de la gran galaxia que lo rodea son, para todos los fines prácticos, infinitos. Por eso, más allá del planeta más alejado de este Sistema Solar local, se halla nuestra gran galaxia de estrellas. Entre ellas podría estar el verdadero destino del hombre durante los próximos 10.000 años.

     Tal vez deba decir, para terminar este ensayo, y sin hacer manifiesto el temor de quien así le escuchó decir algún día a Fontenelle: Sólo temo una cosa: dejarme llevar, quizá, demasiado lejos en las esperanzas ante el porvenir.


lunes, 6 de marzo de 2017

EL MARAVILLOSO MUNDO LITERARIO DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón



El maravilloso mundo literario de
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ 
Fragmentos







     Yo creo que el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leerle. Es por ello que tres días antes de celebrarse el día de su natalicio número 90, me he dado a la tarea de hacer una lectura casi maratónica de algunas obras de nuestro querido Premio Nobel.
     Como todo aquel recolector o comprador compulsivo, para quien la lógica no tiene más mérito del que podría tener el sentido común, me he sentido más que recompensado al hallar tres libros en los anaqueles de mi biblioteca de García Márquez en la espera de ser leídos. Uno de ellos, De viaje por los países socialistas. Se trata de una serie de once crónicas que fueron publicadas por la revista bogotana Cromos en 1957, luego fueron recopiladas en una edición pirata que se vendió como pan caliente en Colombia y que luego García Márquez terminó por legalizar en 1978.
     Por este libro, que hace parte de su valiosísima obra periodística, se le tachó de comunista; además de reprochársele su amistad con el caudillo, militar, abogado y doctor en derecho civil cubano Fidel Castro, primer ministro y presidente de Cuba desde 1959 hasta 2008.
     Al igual que muchos otros autores, la mejor manera de conocerlo es a través de sus monólogos con su yo intelectual; todos, voluntaria e ingeniosamente, se confiesan en sus obras, bien sea en sus páginas más íntimas o en aquellas en donde su ingenio y talento logran materializarse de manera magistral.
     Y eso serán estos pequeños fragmentos de prosa que cuidadosamente he recopilado. Ellos nos darán una idea de quién fue nuestro Gabo. Sin duda, resultarán de antología tanto para aquellos que ya lo han leído como para aquellos que esperan encontrarse en su camino con alguno de sus libros, como viene sucediéndome desde hace algunos años.






LA HOJARASCA
(1955)

Y murmura: el diablo tiene metida en todo esto, y se estremece, atada a la vida por las minúsculas raíces de lo cotidiano.


LOS FUNERALES DE LA MAMA GRANDE
(1962)

Si Dios no hubiera descansado el domingo habría tenido tiempo de terminar el mundo. Ha debido aprovechar ese día para que no le quedaran tantas cosas mal hechas; al fin y al cabo, le quedaba toda la eternidad para descansar.


CIEN AÑOS DE SOLEDAD
(1967)

     Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquiades. “Las cosas tienen vida propia –pregonaba el gitano con áspero acento–, todo es cuestión de despertarles el ánima”.

     Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que llegó Melquiades y lo señaló con un puntito negro en los abigarrados mapas de la muerte.

     Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.

     Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad.

     El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.


EL OTOÑO DEL PATRIARCA
(1975)

     Se acordaba del lento reposo de tu cuerpo manso y lívido en el zumbido del ventilador eléctrico, sentía tus tetas vivas, tu olor de perra, el rumor corrosivo de tus manos feroces de novicia que cortaban la leche y oxidaban el oro y marchitaban las flores, pero eran buenas manos para el amor.

     Hasta las vidas más dilatadas y útiles no alcanzan para nada más que para aprender a vivir.

     Vida eterna al magnifico que es más antiguo que su edad.

     Carajo, cómo es posible que este indio pueda escribir una cosa tan bella con la misma mano con que limpia el culo, se decía, tan exaltado por la revelación de la belleza escrita.


DE VIAJE POR LOS PAÍSES SOCIALISTAS
(1978)

     Hay instantes de la sensibilidad que no se pueden reconstruir y explicar.

     A los países, como a las mujeres, hay que conocerlos acabados de levantar.

     Nosotros tuvimos oportunidad de conocer al traductor de García Lorca, un profesor de español, de 35 años, impresionantemente tímido y nervioso, de una serenidad intelectual admirable. Conoce a fondo la literatura española y está interesado de una manera especial por la novela suramericana. Dos libros colombianos traducidos al checo y definitivamente agotados en pocas semanas, fueron objeto de sus comentarios entusiastas: “La Vorágine” de José Eustasio Rivera y “Cuatro años a bordo de mí mismo”, de Eduardo Zalamea borda.

     Los libros de Franz Kafka no se encuentran en la Unión Soviética. Se dice que es el apóstol de una metafísica perniciosa. Es posible sin embargo que hubiera sido el mejor biógrafo de Stalin.

     En Leipzig los estudiantes rusos se salen de las clases para leer por la primera vez las novelas francesas. Las muchachas de Moscú –que se volvieron locas con los boleros sentimentales– están devorando las primeras novelitas de amor. Dostoievski –que Stalin acusó de reaccionario– está siendo editado de nuevo.

     Se espera que el libro extranjero mejor vendido sea La Vorágine de José Eustasio Rivera. El dato es oficial: 300.000 ejemplares en dos semanas.

     Mi última noche en la ciudad, habría de cerrase precisamente con un episodio que refleja bastante el espíritu de esa juventud. En la avenida Gorki, un muchacho no mayor de 25 años me detuvo para preguntarme por mi nacionalidad. Estaba, según me dijo, preparando una tesis de grado sobre la poesía infantil universal. Quería datos de Colombia. Le hablé de Rafael Pombo, y él, con un rubor ofendido, me interrumpió: “Naturalmente, tengo todos los datos sobre Rafael Pombo”. En torno a una cerveza, recitó hasta la media noche, con un fuerte acento pero con una fluidez admirable, una antología de la poesía infantil latinoamericana.


EL OLOR DE LA GUAYABA
(Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza)
(1982)

     Empecé a escribir por causalidad, quizás solo para demostrarle a un amigo que mi generación era capaz de producir escritores. Después caí en la trampa de seguir escribiendo por gusto y luego en la otra trampa de que nada me gustaba más en el mundo que escribir

     Al cabo de treinta años, descubrí algo que muchas veces se nos olvida a los novelistas: que la mejor fórmula literaria es siempre la verdad.

     Hay un momento es que todos los obstáculos se derrumban, todos los conflictos se apartan, y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir. Eso es lo que yo llamaría inspiración.

     Ahora, en vez de versos y verso, leía novelas, novelas y más novelas: Dostoievski en primer lugar; Tolstoi, Dickens, los franceses del siglo pasado: Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola.

     Un escritor no escribe sino un solo libro, aunque ese libro aparezca en muchos tomos con títulos diversos. Es el caso de Balzac, de Conrad, de Melville, de Kafka y desde luego de Faulkner.

     La fama perturba el sentido de la realidad, tal vez casi tanto como el poder, y además es una amenaza constante a la vida privada. Por desgracia esto no lo cree nadie mientras no lo padece.

     Como escritor, tengo la misma forma que como lector: cuando un libro deja de interesarme, lo dejo. Siempre, en ambos casos, hay un momento mejor para enfrentarlo.

     El dictador es el único personaje mitológico que ha producido la América Latina, y su ciclo histórico está lejos de ser concluido.

     Las flores amarillas traen suerte.

     El que no tenga Dios, que tenga supersticiones.


LA SOLEDAD DE AMÉRICA LATINA
(Conferencia Nobel 1982)

     La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Moreno gobernó al ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en parís en un depósito de esculturas usadas.

     La América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda.

     Este colombiano errante y nostálgico no es más que una más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

     La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

     En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte.

     El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a bridar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.


DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS
(1994)

     No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad.

     Una mañana de lluvias tardías, bajo el signo de sagitario, nació sietemesina y mal Sierva María de todos los Ángeles. Parecía un renacuajo descolorido, y el cordón umbilical enrollado en el cuello estaba a punto de estrangularla.
     Es hembra, dijo la comadrona. Pero no vivirá.
     Fue entonces cuando Dominga de Adviento le prometió a sus santos que si le concedían la gracia de vivir, la niña no se cortaría el cabello hasta su noche de bodas. No bien le había prometido cuando la niña rompió a llorar. Dominga de Adviento, jubilosa, cantó: ¡Sera santa! El marqués, que la conoció ya lavada y vestida, fue menos clarividente. Será puta, dijo; si Dios le da vida y salud.

     No es que la niña sea negada para todo, es que no es de este mundo.

     Mientras los negros no pasan de sacrificar gallos a sus dioses, el santo oficio se complace descuartizando inocentes y asándolos vivos en espectáculo público.

     Si Dios me concediera la gracia, no quisiera ser santo sino ángel.

     A veces atribuimos al demonio ciertas cosas que no entendemos, sin pensar que pueden ser cosas que no entendemos de Dios.

     Santo Tomas lo dijo y a él me atengo, dijo la abadesa: a los demonios no hay que creerles ni cuando dicen la verdad.

     Nada es más útil que una duda a tiempo.

     Le atribuye tantos poderes a las fuerzas del mal, que más bien parece devota del demonio.

     Más que la fe, lo que a galileo le faltaba era corazón.

     El gobernador de la cuidad, que era soltero y mariposón, le ofreció al virrey un almuerzo de hombres solos.

     Espíritu santo, exclamó Delaura; esto es la biblioteca de Petrarca. Con unos doscientos más, dijo Abrenuncio. Lo dejo curiosear a gusto. Encontró a Voltaire completo en francés, y una traducción al latín de las Cartas filosóficas. Voltaire en latín es casi una herejía, dijo en broma.

     ¿Qué leerían los pobres de hoy si no leyeran a escondidas las novelas de caballería?

     Entonces la besó en los labios por primera vez. El cuerpo de Sierva María se estremeció con un quejido, soltó una tenue brisa de mar y se abandonó a su suerte. Él se paseó por su piel con la yema de los pedos, sin tocarla apenas, y vivió por primera vez el prodigio de sentirse en otro cuerpo. Una voz interior le hizo ver qué lejos había estado del diablo en sus insomnios de latín y griego, en los éxtasis de la fe, en los yermos de la pureza, mientras ella convivía con todas las potencias del amor libre en las barracas de los esclavos. Se dejó guiar por ella, tanteando en las tinieblas, pero se arrepintió en el último instante y se desbarrancó en un cataclismo moral. Permaneció bocarriba con los ojos cerrados. Sierva María se asustó de su silencio y su quietud de muerte, y lo tocó con un dedo.
     ¿Qué le pasa?, le preguntó.
     Déjame ahora, murmuró él; estoy rezando.
     En los días siguientes sólo tuvieron instantes de sosiego mientras estaban juntos. No se saciaron de hablar de los dolores del amor. Se agotaban a besos, declamaban llorando a lágrima viva versos de enamorados, se cantaban al oído, se revolcaban en cenegales de deseo hasta el límite de sus fuerzas: exhaustos pero vírgenes. Pues él había decidido mantener su voto hasta recibir el sacramento, y ella lo compartió.
     En las pausas de la pasión intercambiaron pruebas excesivas. Él le dijo que sería capaz de cualquier cosa por ella. Sierva María le pidió con una crueldad infantil que se comiera por ella una cucaracha. Él la atrapó antes de que ella pudiera impedirlo, y se la comió viva. En otros desafíos vesánicos él le preguntó si se cortaría la trenza por él, y ella dijo que sí, pero le advirtió en broma o en serio que en ese caso tendría que casarse con ella para cumplir la condición de la manda. él llevó a la celda un cuchillo de cocina, y le dijo: veamos si es cierto. Ella se volvió de espaldas para que él pudiera cortar de raíz. Lo instó: atrévase. No se atrevió. Días después, ella preguntó si se dejaría degollar como un chivo. Él dijo que sí con firmeza. Ella sacó el cuchillo y se dispuso a probarlo. Él saltó de terror con el escalofrío final. “Tú no”, dijo “tú no”. Ella, muerta de risa, quiso saber por qué, y él le dijo la verdad: “porque tú sí te atreves”.
     En los remansos de la pasión empezaron a disfrutar también de los tedios del amor cotidiano. Ella mantenía la celda limpia y en orden para cuando él llegaba con la naturalidad del marido que volvía a casa. Cayetano la enseñaba a leer y escribir y la iniciaba en el culto de la poesía y la devoción del espíritu santo, a la espera del día feliz en que fueran libres y casados.

     En el apocalipsis está anunciado un día que no amanecerá nunca, dijo; quiera Dios que sea hoy.

     El sexo es un talento y yo no lo tengo.

     El amor es un sentimiento contra natura, que condena a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa.


  
AUTOBIOGRAFÍA

     Yo, señor, me llamo Gabriel García Márquez. Lo siento: a mí tampoco me gusta ese nombre, porque es una sarta de lugares comunes que nunca he logrado identificar con migo. Nací en Aracataca, Colombia. Mi signo es piscis y mi mujer es Mercedes. Esas son las dos cosas más importantes que me han ocurrido en la vida, porque gracias a ellas, al menos hasta ahora, he logrado sobrevivir escribiendo.
     Soy escritor por timidez. Mi verdadera vocación es la de prestidigitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más.
     En mi caso el ser escritor es un mérito descomunal, porque soy muy bruto para escribir. He tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas de trabajo; peleo a trompadas con cada palabra y casi siempre es ella quien sale ganando, pero soy tan testarudo que he logrado publicar cinco libros en veinte años. El sexto, que estoy escribiendo, va más despacio que los otros, porque entre los acreedores y una neuralgia me quedan muy pocas horas libres.
     Nunca hablo de literatura, porque no sé lo que es, y además estoy convencido de que el mundo sería igual sin ella. En cambio, estoy convencido de que sería completamente distinto si no existiera la policía. Pienso, por tanto, que habría sido más útil a la humanidad si en vez de escritor fuera terrorista.

***

     Estoy convencido de que el mundo se divide entre los que saben contar historias y los que no, así como, en un sentido amplio, se divide entre los que caigan bien y los que cagan mal, o, si la expresión les parece grosera, entre los que obran bien y los que obran mal, para usar un piadoso eufemismo mexicano. Lo que quiero decir es que el cuentero nace, no se hace. Claro que el don no basta. A quien solo tiene aptitud, pero no el oficio, le falta mucho todavía: cultura, técnica, experiencia… eso sí: posee lo principal. Es algo que recibió de la familia, probablemente, no sé si por la vía de los genes o de las conversaciones de sobremesa. Esas personas que tienen aptitudes innatas suelen contar hasta sin proponérselo, tal vez porque no saben expresarse de otra manera. Yo mismo, para no ir más lejos, soy incapaz de pensar en términos abstractos. De pronto me preguntan en una entrevista cómo veo el problema de la capa de ozono o qué factores, a mi juicio, determinarán el curso de la política latinoamericana en los próximos años, y lo único que se me ocurre es contarles un cuento. Por suerte, ahora se me hace mucho más fácil, porque además de la vocación tengo la experiencia y cada vez logro condensarlos más, por tanto, aburrir menos.