domingo, 9 de abril de 2017

JUAN DE DIOS URIBE: SEMANA SANTA


LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban blandón

JUAN DE DIOS URIBE


     ¡Qué ironía! Y lo digo, porque creo que más de uno estará pensando que les voy a hablar de un santo. Pero no. Se trata del panfletario de Colombia Juan de Dios Uribe. Antes de continuar con este ensayo, me gustaría que leyeran el siguiente fragmento de un artículo titulado Semana Santa y que apareció publicado en el periódico La Actualidad en 1884:

     Después de los trescientos sesenta días corridos desde abril de 1883, vuelve ahora la semana suculenta de los sacerdotes. No es suficiente que cada iglesia tenga veinte santos, que cada santo tenga mil devotos, y que cada devoto dé a los curas la contribución de su ignorancia en forma de pesos y de víveres; es preciso todavía que haya una semana más productiva, mejor dotada, en la cual nadie pueda, de esta o de la otra manera, evitar que el bolsillo repleto pase a la faltriquera de los ministros del altar. Estamos en plena semana santa: ¡hurra por el adelanto!

     ¿Qué se celebra en estos días? La pasión y la muerte de Jesucristo, se os dirá; y observad que se sienten tanto las penas de Jesús, que es, ahora mismo, cuando ellas se conmemoran, cuando los comerciantes venden sus telas más preciosas y más caras, y los dueños de cantinas sus más exquisitos licores, las jugosas carnes y pescados, y las más sabrosas conservas de las fábricas de Europa. Es ahora cuando los vasos de cristal, de porcelana y de alabastro se llenan en las salas con las flores de matices más vivos. Se diría que nuestra sociedad, alegre, se prepara a bailar de contento, y que agradece mucho a los judíos que crucificaron a Cristo, el hermoso pretexto que le dieron al tiempo para estar de buen humor.

     Juan de Dios Uribe, como os habréis dado cuenta, no es un santo, pero tampoco es una ironía; lo que sí es cierto, es que la literatura también cuenta con su propio santoral; y no lo digo por aquellos llamados escritores católicos que han pululado en Francia desde que Francia tiene historia; lo digo por aquellos místicos de la palabra, peregrinos de los absoluto, y que han sido canonizados en nombre de su rigurosa fe.

     Para los que me conocen, saben que yo siempre le rezo al mismo santo, esa otra ironía llamada José María Vargas Vila; por eso no resulta inapropiada la ocasión para invocarlo. Por allá en el año 1966, Arturo Escobar Uribe nos recuerda el año de su canonización, y lo inmortaliza en su biografía El divino Vargas Vila. En esta semana hallo un motivo más para volver a alumbrarlo.

     Juan de dios Uribe ha sido llamado, y con justa razón, el panfletario de Colombia; pero ha sido injustamente ignorado por quienes han escrito la historia del pensamiento en Colombia, y ni siquiera existe para los comentaristas dedicados a hacer monografías de literatura.

     Con respecto a su obra, solo tengo que decir que, leyendo sus artículos, se da uno cuenta que no solo es un gran periodista sino también un gran exponente de eso que Arango Ferrer llamó el ensayo breve.

 
     Además de ser una ironía eso de que un panfletario anarquista y ateo se llame de Dios, no sé si sea también una desgracia eso de llevar el apellido Uribe, en este, que no es un país de ironías sino de ironistas. Mientras Montalvo, Fombona y Ugarte eran un terror casero, Vargas Vila era un azote continental, dice Escobar Uribe en su biografía. No sé si lo mismo hubiera podido decirse de Juan de Dios Uribe, quien murió recién cumplidos los cuarenta años; había nacido en 1859, un año antes que Vargas Vila, quien para el año en que muere quien fuera uno de sus amigos de luchas ideológicas, 1900, ya se había ganado el reconocimiento de todo un continente; el mundo, era testigo del nacimiento de uno de los escritores más controvertidos e irreverentes que haya producido el mundo de la literatura. Ningún escritor se le asemeja en indignación, elocuencia y sarcasmo; sus campañas contra el clero, el pensamiento político conservador y sus ataques contra el imperialismo yanqui, hicieron de su franqueza una de las voces más heroicas de cuantos proclamaron al mundo su amor por la justicia y la libertad.

     Es cierto, Juan de Dios Uribe no escribió novelas, y no se sabe si las hubiera escrito, de haber vivido algunos años más, como las escribió Vargas Vila, quien se hizo narrador y un escritor inmensamente popular gracias a sus novelas de combate. Novelas ensayo les llamo yo; novelas de ideas algunos ensayistas; novelas de tesis los pontífices de la crítica. Lo cierto es que para el panfletario de Colombia, al igual que para Mariano José de Larra en la España de la primera mitad del siglo XIX, el periodismo no fue un simple ejercicio literario; también fue la tribuna para darse a conocer como hombres de letras; lo que no es crónica, es ensayo; lo que no es cuento, es costumbre; lo que no es ciencia es filosofía; lo que no es estética es poesía; lo que no es insulto es ironía; lo que no es política es historia; y lo que no son los otros, lo son ellos.

     Con respecto a Juan Montalvo, solo un hombre en América se le asemeja en indignación; ese es José María Vargas Vila; mientras el uno es más ensayista, el otro es más filósofo. Los dos, soberbios escritores políticos. A Vargas Vila se le da más el arte de injuriar, a Montalvo de novelar. Los dos, grandes imitadores; Vargas Vila imitó todas las escuelas; Montalvo se hizo de Cervantes su más grande imitador. A todos los que como ellos fueron grandes críticos sociales, los conservadores y oportunistas los llamaron jacobinos, socialistas, nihilistas, petroleros, anarquistas, materialistas y ateos. Esteta, egotista y decadente, fueron otras de los conductas que hicieron de Vargas Vila un panfletario muy singular.

     Todos, incluyendo al Indio Uribe, fueron influenciados por las modas literarias europeas y todo lo que aún se comentaba sobre la Revolución Francesa en esa época de fin de  siècle.

     Decir que mantener vivo a Stendhal es mantener viva la imagen de Napoleón –en términos literarios– es más que una verdad, una necesidad. Y así ha sobrevivido la imagen tanto de los héroes como de los villanos; tanto Victor Hugo el panfletario, como Napoleón tercero le petit.

     Bierce en Estados Unidos, Bernard Shaw en Irlanda, Unamuno en España, Kraus en Alemania, Papini en Italia, Maiakovski en Rusia, y hasta Oscar Wilde y su refinado gusto por la paradoja, eran escritores polémicos que fácilmente alcanzaban con sus sátiras y elocuencia la categoría de panfletarios; pero tal vez ninguno más extravagante, amoral y ofensivo que Vargas Vila. En todos, sorprende sus grandes dotes como historiadores y sociólogos y aun como narradores, pero ninguno, sin la irreverencia del panfletario colombiano.

     Vargas Vila, al que un filósofo latinoamericano lo hubiera llamado, El Voltaire americano, de haber existido ese filósofo. Pero insisto, en cambio hemos tenido grandes sociólogos y ellos son nuestros filósofos.

     Como es el caso de Carlos Arturo Torres, Luis López de Mesa y Fernando Gonzales en Colombia; autores que están más cerca del ensayo sociológico que de la misma filosofía.

     Ellos han sido un preámbulo, además de un ejercicio, para abordar la obra del Indio Uribe.

     El Indio, que a partir de este momento, empezará a ocupar el solio que ya otros tantos luzbeles han ocupado en el paraninfo celestial, entre ellos, el divino Sade, san Genet, y su hermano compatriota, El divino Vargas Vila.

domingo, 2 de abril de 2017

ENSAYOS DE FILOSOFÍA FRANCESA IV: FONTENELLE

LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón

FONTENELLE:
FILÓSOFO O CIENTÍFICO


     Si bien Fontenelle (1657-1757) murió treinta y un días antes de cumplir cien años, la mayoría de sus obras, en especial aquellas que más han contribuido a su fama de gran pensador y científico, fueron concebidas antes de cumplir los treinta años.

     La fragilidad de su salud, dice uno de sus biógrafos, explica su longevidad. Su madre, desde muy joven, lo conminó a llevar las más sanas costumbres de higiene y prudencia. El libro que hoy nos ocupa, Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos, fue publicado en 1686. A él se unen dos títulos más de no menos importancia, como son Diálogos de los muertos (1683), e Historia de los oráculos (1686).

     Si bien para cuando se empezó a publicar la Enciclopedia impulsada por Diderot Fontenelle aún vivía, fueron aquellas obras de su juventud y la actitud crítica que las alentaba, una de los mayores precedentes del espíritu de la ilustración.

     Es curioso encontrar que en algunos ensayos o enciclopedias, se le llama filósofo y en otras científico, además de escritor. En un espíritu inquieto como el de Fontenelle, la ciencia es un arte filosófico del que se sirven sus inquietudes para acercarnos al maravilloso mundo del universo. De ello darán cuenta las reflexiones que el lector irá encontrando a lo largo del libro. Ya en la introducción del libro, el autor nos advierte que este es un libro de filosofía.

     Aunque Fontenelle no hizo ningún descubrimiento científico, desarrolló el estilo que hizo posible la difusión de las ciencias. Ese estilo, que desarrolla a través de los diálogos, es a la astronomía lo que Darwin a la biología, quien a través del raciocinio del que es capaz un hombre con sus inquietudes científicas, nos acerca a los temas de los que se ocuparán los hombres de ciencia en la era moderna; no en vano, Brunetière lo ha llamado el verdadero maestro y precursor, junto con Bayle, de Voltaire y Montesquieu. Antes que ellos, ha sido el primero que conquistó y anexionó el dominio de la ciencia a la literatura. Solo es de lamentar, completa Brunetière, que asustado en sus primeras obras de la novedad de su empresa, o del ridículo en que podía caer si fracasaba, no haya mostrado más franqueza, decisión y autoridad.

     Frente a una religión que todo lo hacía creer: la Tierra es plana, el universo es finito y Cristo es Dios, se erigía el pensamiento excéntrico y caprichoso de filósofos como Fontenelle, alentado por las ideas revolucionarias de Copérnico y su teoría heliocéntrica de los cuerpos celestes.

     Se me ha metido en la cabeza, dice Fontenelle al inicio de sus coloquios, que cada Estrella podría ser muy bien un Mundo. No lo juraría, dice, pero me es muy agradable esta idea, y la quiero tener por verdadera.

     No está demás advertir la intensidad de su imaginación a la que él mismo denomina locura, demostrando con sus inquietudes la acción de su espíritu luminoso.

     Copérnico (1473-1543) y Galileo (1564-1642), habían explicado hacía algún tiempo los movimientos de nuestro globo, pero aunque este magnífico descubrimiento no pudo ser controvertido por ningún sabio, estaba tan profundamente oculto en la ciencia para casi todos los espíritus como antes lo había estado en la naturaleza. Fontenelle intenta esta tarea abriendo a nuestros ojos, mucho mejor que los telescopios, la inmensidad de los cielos.

     No pasa por alto las ideas de Copérnico, al que algunos humanistas consideraron como el restaurador de la pureza clásica de Ptolomeo, para quien la Tierra era el centro del universo y los demás planetas giraban alrededor de ella. Lo que hizo Copérnico, fue invertir el orden de los componentes: ya no seríamos el centro del universo, teoría geocéntrica, si no, una partícula del mismo girando alrededor de una estrella, el Sol, en su famosa teoría heliocéntrica.

     Cabe anotar también, que la exposición de estos temas por eminentes pensadores a favor de los modernos, significó, para los humanistas católicos defensores de lo clásico, duras ofensas a sus dogmas, ya que creían que la perfección del conocimiento se había de encontrar en las obras de los pensadores antiguos.

     Es cierto que Fontenelle, a quien se le llamó el prudente, tuvo indulgencias para con la iglesia y demasiados encomios para con el creador; aun así, su espíritu lúcido e inteligente, logró transmitir a sus lectores sus conocimientos en los ciencias que supo hacer accesibles y exactas al mismo tiempo.

     La historia de los tiempos recónditos, nos dirá Fontenelle, está desfigurada por la ignorancia de los pueblos y por la inclinación que siempre tuvieron a lo maravilloso; lo maravilloso cristiano que llama Brunetière; y acaso, ¿qué verdades más fantásticas no nos pudo haber contado el cristianismo?

     Probablemente aceptar la teoría de otros mundos con otros habitantes, sea, más que renunciar a la idea de un Dios, aceptar la idea de que en esos otros mundos sus habitantes también posean un Dios. Así le vamos dando forma a esa hipotética verdad acerca de la procedencia celestial de los dioses. Si no es Cristo la forma material de Dios, ¿quién es entonces el creador?

     Si somos Hijos de los dioses, ¿de qué Dios somos hijos? ¿Todo motor primitivo es inmortal? ¿Cuál es el decreto de Dios? ¿Quién ha inventado un universo tan inexplicable? ¿En qué consiste la ignorancia celestial? Frente a estos interrogantes, solo dos cosas puedo decir: Uno: que quien piensa, se parece mucho a uno que puede autogobernarse; Dos: el misterio de la vida se revela en la inmensidad del universo. De ahí en adelante, será nuestra perspicacia la que nos lleve a comprender las leyes naturales de un universo en donde no somos más que una partícula, dándole vida a eso que el eminente astrofísico australiano Thomas Gold llamó un estado de creación continua.

     A continuación, transcribo algunos apartes de esta interesantísima obra especulativa junto con los nombres que dan título a cada uno de sus capítulos; ellos nos darán una idea de su agudeza intelectual y de cómo podemos, al igual que la marquesa con quien lleva a cabo sus diálogos filosóficos durante seis noches, convertirnos en unos verdaderos hombres de ciencia, teniendo por testigo las majestuosas noches del universo estrellado, y de quien asegura: Yo no dudaría en llamarla sabia por la gran facilidad que tiene en serlo.

***

CONVERSACIONES SOBRE
LA PLURALIDAD DE LOS MUNDOS

  
     Esta es una obra que, como se verá, está concebida con la mayor claridad, exactitud y sencillez. Aquí no hay términos científicos que hagan la materia impenetrable a los que no estén iniciados en ellos; aquí no hay cálculos difíciles de matemática que embaracen a los que no son matemáticos; aquí no hay más que unas conversaciones entre un filósofo y una mujer, deseosa de saber lo qué son la Luna, los planetas y las estrellas. En fin, cualquiera sabrá dar razón de lo que es este mundo, después de muy pocas horas de lectura.

     Un hombre celebre en el mundo literario, escribía a su autor después que se publicó esta obra, que sus mundos habían trastornado de tal modo las cabezas de las damas francesas, que el que ya quisiese tener algún mérito con ellas, debía saber hablarles de astronomía.

     Hacernos ver a la Luna y demás planetas absolutamente semejantes a la Tierra, y por consiguiente llenos de habitantes, y a cada estrella fija semejante a nuestro Sol, que así como él es el alma y el centro de otros planetas que también están habitados, es representarnos al universo bajo una idea tan grande y tan sublime, que el lector no puede menos de tomar interés en una obra que maravilla y engrandece tanto el espíritu.


NOCHE PRIMERA
Que la Tierra es un planeta que gira
sobre sí mismo y alrededor del Sol

Para probar a una persona que no sabía nada de física que la Tierra podría ser un planeta, y los planetas otras tantas Tierras, y todas las estrellas otros tanto soles para alumbrar a otros mundos, era preciso tomar las cosas desde muy lejos.

Es de maravillar que siendo tan admirable el orden de la naturaleza estribe en unos fundamentos tan simples.

Hay un sinfín de gentes que siempre tienen la cabeza llena de un falso maravilloso, envuelta en una obscuridad que respetan mucho.

La astronomía es hija de la ociosidad y la geometría del interés; y si tratásemos de la poesía, puede ser que la hallásemos hija del amor.

El movimiento del amor propio es tan natural en nosotros, que las más veces no lo sentimos, y nos parece que obramos por otros principios.

Tratado de Copérnico: la simplicidad con que está concebido y el atrevimiento que manifiesta, son admirables.


NOCHE SEGUNDA
Que la Luna es una Tierra habitada

–No os sorprenderá el oír que la Luna es una Tierra como esta, y que probablemente está habitada.
–Yo no he oído hablar jamás de los habitantes de la Luna –respondió la marquesa– sino como de una quimera y una locura.

Sería preciso que la misma ley aboliese igualmente la memoria de todas las cosas, no dejándonos la libertad de hablar de nada, porque no hay nada que se sepa que no sea un monumento eterno de alguna necedad humana.

Según la experiencia, no seremos nosotros la sola especie necia del universo. No hay cosa más apta a divulgarse por todas partes que la ignorancia.

Os estoy divirtiendo con estas locuras, tan presto filosóficas, como poéticas.

Si fuésemos habitantes de la Luna, ¿podríamos siquiera figurarnos unos seres con unas pasiones tan locas y unas reflexiones tan sabias? ¿Con una vida tan corta y unas miras tan largas? ¿Con tanta ciencia sobre unas materias casi inútiles, y tanta ignorancia sobre las más importantes? ¿Tanto ardor por la libertad y tanta inclinación a la servidumbre? ¿Un deseo tan fuerte de ser felices, con una imposibilidad tan grande de serlo?

Llegará el día en que se establezca algún comercio con la Luna.

El arte de caminar por los aires tiene ahora su nacimiento; él se perfeccionará con el tiempo, y llegará el día en que se haga el viaje a la Luna. ¿Con qué derecho podremos nosotros abrogarnos la pretensión de haberlo todo descubierto hasta un punto, más allá del cual, no podrán añadir nada nuestras generaciones futuras?

Puede ser que los de la Luna sepan ya hacer pequeños viajes por el aire, y que a la hora de esta, se estén ensayando para cuando ya tengan bastante experiencia dejarse ver en la Tierra, Dios sabe ¡con que sorpresa de nuestra parte!

Mi ánimo es solamente haceros ver que se puede muy bien sostener una opinión extravagante hasta el punto de poder embarazar a una persona de talento, más no para llegar a persuadirla.

 
NOCHE TERCERA
Particularidades del mundo de la Luna
Y que también son habitados los otros planetas

Cuando se trata de creer esta clase de cosas, es preciso no darles más de la mitad de nuestra razón, y dejar libre la otra mitad para admitir lo contrario, si hay necesidad.

-¿Sabéis que todo está bien sin saber del modo que está? Pues esto es mucha ignorancia sobre muy poca ciencia.

Cada uno está aprisionado en el aire que respira.

Alejandro veía la Tierra como un lugar muy propio para establecer en ella un grande imperio; y un filósofo, como un gran planeta que camina por los cielos, llevando consigo una cuadrilla de locos.

Las cosas más bellas del mundo, como el arco iris que se forma por los vapores que se juntan en las nubes, son causadas regularmente por otras que nos llaman menos la atención.

Sabemos por la historia que aquí en nuestro globo, Roma, la subterránea, era tan grande como la otra Roma que había encima de la Tierra; quitemos, pues, esta de arriba, y quedará una ciudad a manera de las de la Luna. Un pueblo entero vivirá en un pozo, y para la comunicación de estos pueblos, habrá de un pozo a otro, caminos subterráneos.

–Hemos visto que según todas las apariencias, la Luna está habitada; ¿y por qué no lo ha de estar Venus también?
–¿Con solo este por qué, no vais a llenar de habitantes todos los planetas? –objetó la marquesa.

No dejo de extrañar que estando la Tierra tan habitada, no lo hayan de estar los demás planetas.

No es la imaginación la que ha de hacer esta representación, sino es la vista; y una cierta vista universal es suficiente para abrazar de un golpe la diversidad que debe haber puesto el creador entre todos estos mundos.

Aquí por ejemplo, hablamos con la voz, en otra parte hablarán por señas, y en otra no hablarán de ninguna manera. Aquí se forma el raciocinio enteramente por la experiencia, en otra parte servirá de poco, y en otra, de nada; de modo que los niños sabrán tanto como los viejos.

Se dice, que si tuviésemos un sentido más, sabríamos muchas cosas que ahora ignoramos, y quizá ese sentido esté en alguno de los otros mundos.

Aquí gozamos de las dulzuras del amor, pero el furor de la guerra nos desuela por muchas partes. En otro planeta, habrá una paz eterna, pero todo fastidiará en medio de esta paz, porque no se hallará recreado por el amor. En fin, todo lo que la naturaleza practica en pequeño entre los hombres en la distribución de la felicidad y los talentos, practica en grande entre los mundos, acordándose siempre del secreto maravilloso de diversificarlo todo, al mismo tiempo que lo iguala por las recompensas.


NOCHE CUARTA
Particularidades de los mundos Venus,
Mercurio, Marte, Júpiter y Saturno

No hay duda que la naturaleza no pone nunca vivientes si no en donde pueden vivir; y el hábito que se contrae, y la ignorancia de otra cosa mejor, hacen que se viva con placer.

–Ya no puedo contener el deseo que siento en mí de ser filosofa.

Yo temo que vendrá el día, en que tengamos la locura de acercarnos a un planeta tan poderoso como Júpiter, o que él nos venga a buscar, y nos lleve consigo.

Yo creería que los habitantes de estos cuatro satélites, Ío, Europa, Calisto y Ganimedes, fuesen como unas colonias de Júpiter, de quien hubiesen recibido usos, costumbres y leyes; y que en pago de esto, hiciesen al gran planeta el homenaje de mirarle con un gran respeto.

No podemos eximirnos de un ridículo, o de una preocupación, sin que venga otra a ocupar el sitio que esta deja.

Y si apareciese entre los habitantes de Júpiter, por casualidad, algún Cristóbal Colón, y quisiese echarse a la mar a buscar nuevos países, ya tendría ocupación para todos los días de su vida; porque es imposible que se conozcan, ni aun de oídas, la centésima parte de los pueblos de un planeta tan grande como este.


NOCHE QUINTA
Que las estrellas fijas son otros tantos soles, centros
de un mundo, a quien tienen que alumbrar

La marquesa estaba impaciente por saber lo que serían las estrellas fijas. ¿Estarán habitadas como los planetas? me repetía ella algunas veces, ¿o no lo estarán? ¿Qué pensar de ellas?
–Ya lo hubierais adivinado si hubierais querido –le he dicho. Ellas están distantes de la Tierra cincuenta millones de leguas, y habrá astrónomo que si le enfadáis, las pondrá aún más lejos.

Teniendo nuestro Sol unos planetas a quien enviar su luz, ¿quién ha de oponerse a que los tenga también cada estrella fija?

¿Con que todo este espacio inmenso, donde están nuestro Sol y nuestros planetas, no es más que una partecilla del universo? ¿Con que habrá otros tantos espacios semejantes a este, como cuantas sean las estrellas fijas?

Me parece que respiro con más libertad y en un aire más grande, teniendo el universo diferente magnificencia. Parece que el creador se esmeró en hacer en su origen una obra que fuese digna de él.

Según esa semejanza que dais al Sol y las estrellas fijas, es preciso que los habitantes de los planetas de cada una de estas estrellas vean a nuestro Sol como una pequeña estrella, que solamente se les manifieste por las noches.

Hay, no obstante, algunos que quieren responder a todo; pero esto manifiesta su poco talento, que no les deja ver dónde está la fuerza de la dificultad.

Si señora, el Sol muere. Los antiguos han visto estrellas fijas que ya no vemos nosotros.

Tranquilizaos señora, tranquilizaos; y sabed que es necesario mucho tiempo para arruinar un mundo.
Pero, ¿ello es que no se necesita más que tiempo?
Así es.

¡Que! ¡Ya tengo en mi cabeza todo el sistema del universo! ¿Ya soy una sabia?
Sí, señora; ya podéis pasar por tal; teniendo la ventaja de no creer nada de cuanto os he dicho en el mismo instante que se os antoje. Y lo único que os pido en recompensa de mi trabajo, es, que no veáis nunca el Sol, el cielo y las estrellas, sin acordaros de mí.


NOCHE SEXTA
Nuevos pensamientos que confirman
las de las conversaciones anteriores
y últimos descubrimientos que
se han hecho en el cielo

–¿Con que no he de decir lo que siento?
–Os confieso que no es tan grande mi celo por estas verdades, que no las sacrifique siempre a las comodidades que debemos sacar de la sociedad.

Otro estorbo, y no de los menores para creer esta opinión, es el no poder imaginar la figura de estos habitantes. Nuestra imaginación se atormenta, y como no puede lograrlo, no le queda otro camino que negar su existencia.

–No dudéis de ello, amigo mío: yo creo firmemente que la Tierra se mueve.

No hay nada que no se pueda presumir de la destreza de la naturaleza; no siendo poca la que pone en ocultarse a nuestra penetración, quitándonos casi todos los medios por donde podríamos adivinar su manera de obrar, y sus designios.

Todos los cuerpos se atraen unos a otros en razón directa de sus masas y en la inversa del cuadro de sus distancias.