martes, 19 de diciembre de 2017

GABRIEL GARCIA MARQUEZ: PERIODISTA - LA COLUMNA DEL STRIPPER

LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón


     Azorín fue uno de esos escritores, que, como muchos en Hispanoamérica, escribió artículos para diarios y revistas literarias, haciendo de esta actividad, una verdadera escuela para el oficio de escribir. Aquí un corto diálogo, que hace parte de uno de sus artículos literarios sobre el periodista; leamos:

–¿Quiere usted ser periodista en Madrid? pregunta el director del periódico al jovenzuelo.
–Sí, señor.
–¿Y en este periódico?
–Ese es mi deseo.
–¿Tiene usted afición al periodismo?
–Verdadera pasión.
–Perfectamente. ¿Ha escrito usted mucho?
–En un periodiquito de pueblo; después, en la capital de la provincia.
–¿Ha tenido usted polémicas?
–Dos o tres, ruidosas.
–Perfectamente; la polémica es la verdadera prueba del periodista; quien no sabe salir bien de una polémica, no es periodista.

     En eso de saber polemizar, Azorín tiene toda la razón; ahora, planteada la cuestión desde la creación literaria, es como cuando has elegido el tema del relato; de antemano el escritor sabe, o debe encontrar muy rápido, el final que quisiera darle; así sucede con la polémica; y en eso consiste la astucia del periodista; en conclusión, un escritor astuto, terminará siendo un gran cronista.

     Yo no sé en qué momento la escritura de diarios dejó de ser literatura para volverse “columna de opinión”; o en qué momento las conversaciones, tan famosas en el pasado, empezaron a convertirse en entrevistas. El fin de literaturizar, es decir, de hacer público todo cuanto se escribe, ha degenerado en una vulgarización que no es digna del oficio.

     “Yo pensaría que en algún momento muy temprano en mi vida, nos cuenta Gabo, me hice creer que era un periodista y no un escritor. Y por eso no me cabe la menor duda de que terminé ejerciendo el periodismo por un deseo inconfesado de mi padre, quien deseaba que estudiara derecho, y seguramente vislumbrando en aquel muchacho que quería ser escritor, un futuro redactor de crónicas, pero no periodísticas sino judiciales.”

     Así como dicen que un poema nunca se termina, sino que se interrumpe, así mismo sucede con una idea o un cuento; es una cosa casi que matemática; el pensador siempre tendrá a la mano algún argumento con el que hará de un precepto un extenso tratado; lo mismo sucede con el relato; un cuento no es más que una novela corta.

     “Cuando digo que mis primeros artículos no eran más que gimnasia mental, otra vez Gabo, sólo estoy tratando de ser sincero conmigo mismo, toda vez que aquellos primeros intentos no pasaban de ser pequeñas crónicas alentadas por un deseo más que periodístico de hacer literatura.
     ”Nunca deseé ser elocuente, porque como dice un gran periodista, maestro de la brevedad: ‘la elocuencia sólo tiene poder, pero irresistible, sobre el orador; sólo a él avasalla’. Y son precisamente aquellos a los que un día les escuché discutir más acaloradamente sobre cuestiones morales, los que nunca aprendieron a narrar un cuento.
     ”No sé si tú te acuerdas, Esteban, me dice Gabo, de aquel cuento indio en donde a un agricultor su hijo le había nacido con la cabeza de oro; o aquel otro en donde el poeta se dio cuenta que no estaba loco gracias a un sorprendente cálculo en las fases de la luna; o aquel otro en donde el único testigo ocular de un milagro es un escritor, homosexual y ateo. Aquí lo que cuenta no es el hecho o la noticia en sí, sino la habilidad del escritor, que, en últimas, no es más que un gran periodista; todos ellos: poetas, filósofos, narradores y periodistas, tienen algo en común que los identifica: son grandes artistas de la palabra. Algunos de ellos, han pasado a ser los grandes cronistas de su tiempo. Así Borges con sus biografías sintéticas, Ortega con sus idearios vitalistas, Bonafoux con sus descripciones psicológicas de ciudadanos franceses, Eduardo Castillo y sus agudos análisis sobre el quehacer poético; Azorín y sus breves tratados sobre el estilo; Larra y sus cuadros de costumbres llenos de humor satírico; o Juan Montalvo y sus Catilinarias, combinación magistral de erudición e indignación.
     ”Yo pensaría que muchas historias se dejan de contar, no tanto por no hallarles una forma literaria, como por el hecho de no encontrar una forma correcta de narrarlas. En ese sentido, he sido un escritor profundamente satisfecho de mi oficio; he carecido de prejuicios literarios; y toda mi obra, no es más que un universo de palabras bien redactadas al que han llamado realismo mágico.
     ”Tampoco habría sido muy fácil para mí redactar columnas en donde lo especulativo primara sobre la creación misma. Yo entendía el periodismo como el oficio de narrar un hecho que por momentos pareciera ser algo más que un sustrato de la realidad”.

     Después de varios años de estar ejerciendo el oficio con más o menos suerte, me doy cuenta que muchas de las opiniones de Azorín acerca del periodismo y de quienes lo han ejercido, siguen tan vigentes como cuando las redactó. Así queda comprobado en estos apartes que he extraído de algunos de sus artículos literarios:

     “No se escribe como se quiere, sino como se puede; nos trazamos una norma, reflexivamente, y advertimos que el instinto es superior a la reflexión; ¡y ay de nosotros, los escritores, sino contáramos con nuestro instinto!

     A estas horas, en algún lugar, hay un escritor joven, casi un niño, que escribe su primer artículo, y que, andado el tiempo, ha de ser un gran cronista. Los años pasan; ha comenzado a vivir intensamente la vida; ha conocido a los hombres; la experiencia humana, en todos los órdenes: en el social, en el político, en el literario; es la gran escuela del periodista.

     El arte del periodista no se puede enseñar en ninguna escuela; es intuición rápida y visión exacta de las cosas; todo lo demás: cultura, erudición, historia, sociología, son adherencias que no crean la aptitud innata y precisa.

     El arte del periodista es el de saber contar; el de saber narrar los hechos, y el de explicar las fases, los matices, los pormenores de un problema político o social. Y esa explicación, con su jerarquía de tonos y de valores, también es contar, relatar. ¿En qué escuela se aprenderá todo eso?

     Y así poco a poco, entramos de lleno en el arte literario; es decir, en un género literario de los más difíciles: la Historia. Si el periodista ejercita el arte del historiador en más o menos escala, con asunto más o menos importante, el periodista será un escritor literario; lo será tanto como la persona que, en el mismo periódico, publica artículos sobre asuntos abstractos o imaginarios”.

     Antes de terminar con nuestro coloquio, Gabo ha invocado la imagen de quien se hiciera un nombre en la literatura, al decir de Borges, gracias al panfleto político, y seguidamente me cuenta:

     Mira que Vargas Vila, a quien también se le llamó diarista por haber fundado algunos periódicos y revistas, terminó convirtiéndose en el gran cronista de su tiempo; sus artículos eran el conducto por donde discurría toda su indignación de pensador admonitorio; ellos dan cuenta del periodista ilustrado que era capaz de traducir en palabras sus ideas; he aquí una de ellas:
     “No tengo fe en los partidos de oposición; son un peligro en perspectiva y un apetito en huelga; el Capitolio Nacional, es una fortaleza defendida y sitiada por bandas igualmente violetas y rapaces”.
     Este es el mismo narrador que, en uno de sus tantos artículos políticos, aconseja a los escritores “hacer novelas como Tácito escribía historia, para encerrar dentro de los muros de la dialéctica, los césares, desesperados.”

     Para terminar, estas palabras que Castelar pronunció acerca de un eximio periodista:
     Su empleo principalísimo consistió en recoger noticias y dejar a los demás el comentario.
     Eso es todo; pero eso requiere un arte, y ese arte es literario.

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