lunes, 15 de enero de 2018

TOMÁS CARRASQUILLA - UN CASO COLOMBIANO

LA COLUMNA DEL STRIPPER
Esteban Blandón


     Sirva esta fecha, 17 de enero de 2018, para recordar al gran escritor costumbrista don Tomás Carrasquilla, autor, entre otras obras, de La marquesa de Yolombó, novela cumbre del género, publicada en 1928; también, para conmemorar un año más de su nacimiento.

     A 160 años de su nacimiento y a 90 de haberse publicado su obra maestra, puede decirse que el país no ha saldado su cuenta con un escritor al que la popularidad le fue esquiva. ¿Es posible que esas razones las encontremos en un texto como las Homilías? Pues eso es lo que vamos a descubrir.

     Lo primero que tengo que decir es que pocos de quienes han estudiado su obra, se han ocupado de su obra crítica, y entre ellas, las famosas Homilías, tal vez el único de sus textos críticos que ha sobrevivo dentro de su extensa y olvidada obra.

     Uno de ellos, el señor Uriel Ospina, quien hace de su obra una extensa reseña en sus Sesenta minutos de novela en Colombia, hace mención del texto, al que califica de insufribles lecciones de literatura que quiso darle a Max Grillo, poeta modernista, bajo la forma de homilías y en las cuales se deja ver que, si Carrasquilla era un escritor esplendido, su crítica literaria bordeaba peligrosamente el hermosillismo, la suficiencia, la pedantería y el regionalismo a ultranza.

     Vamos por partes:
     Hermosillismo: tal vez al señor Ospina le resulte chocante tanta claridad conceptual y la defensa que hace de su estilo regionalista o antiqueño, como lo llaman algunos.

     Suficiencia: aquí me hago eco de unas palabras del señor Ayala Poveda, quien con mejor criterio se ocupa, en su Manual de literatura colombiana, de dicho texto: Sus homilías demuestran irrebatiblemente que no era un turista; era un intérprete, fronterizo en el nivel de la creación, que dejó como legado algunas proposiciones importantes.

     Pedantería: en las homilías Carrasquilla saca a relucir todos los argumentos para su defensa; las armas escogidas son las idóneas: su regionalismo a ultranza.

     A mi parecer, las Homilías son uno de los más sobresalientes logros en cuanto a crítica del modernismo se refiere. Más allá del concepto que exprese sobre autores como Rubén Darío o Guillermo Valencia, expone con suficiente claridad, además de las cualidades de todo aquel que se dedica a este hermoso arte de la escritura, los desaciertos de quienes han ido a buscar en el extranjero las fuentes de su inspiración. Francia, dice, es la nación modistera por excelencia; esas formas, añade haciendo alusión a las modas de fin du siécle, son matices de ese cerebro francés, tan dinámico y potente; son la exteriorización de algunos temperamentos tormentosos y extraños, forjados al fuego calenturiento de aquel medio tan vertiginoso e hirviente, así en lo físico como en lo moral.

     Muchos creyeron ver en las Homilías, además de un manual de crítica literaria, un panfleto, cuando lo único que es, además de plasmar algunas de sus ideas sobre el oficio de escribir y su filosofía, es una elocuente y decorosa defensa de su arte personalísimo y original, rechazando de plano La intelectualidad, ese ‘opio de occidente’ que dice Anatole France. Toda crítica, dice, y suponiendo que sus homilías lo sean, no es en el fondo más que un parecer particular.

     Para finalizar este capítulo, sólo me resta decir que allí están expuestas las razones de su vasto universo literario; que ellas no son tan solo un conjunto de conceptos bien redactados y defendidos; que las homilías son su norma, su fe, su religión.

     No sólo hay artistas que huyen de la popularidad, sino que también reniegan de ella. Pero ese no es el caso de Carrasquilla, quien se vio impelido por las circunstancias a ser eso que llaman un escritor a sueldo. “Si he publicado, y publico, es porque me pagan, y no muy mal, relativamente. Soy, pues, una pluma alquilada y como a tal se me debe apreciar”.

     Tal vez nos sorprenda su honestidad, honestidad que se engrandece toda vez que, al contrario de los modernistas, la suya fue una vida concebida para la literatura y no para la búsqueda de un arte literario que estuviera en sintonía con las corrientes de moda.
En rigor, dice Federico de Onis en el prólogo a sus obras completas, su vida toda, aunque no se lo propusiera nunca, fue una preparación para la producción literaria, que creció conforme avanzaba su vida y llegó a ser su única actividad en sus postrimerías. Es el suyo un caso extraordinario del escritor que llega a serlo por necesidad imperiosa de su temperamento, sencillamente porque no puede ser otra cosa.

     Su obra, como lo veremos y como lo podrán constatar quienes se acerquen a sus cuentos y novelas, está lejos de esa búsqueda infructuosa de arte sublime que tanto desveló a sus contemporáneos, entre ellos, Max Grillo, fundador de la revista Gris, base del manifiesto modernista, y a quien están dirigidas las homilías.

     Colombia, tierra fértil para poetas, filólogos y cronistas, no lo había sido para novelistas y narradores a la manera de Pereda o Galdós, escritores peninsulares con quien se le emparenta. El regionalismo del primero junto con las descripciones del drama humano del segundo, han servido para que los críticos hallen en Carrasquilla un prototipo del más notable exponente de la literatura de costumbres.

     Dado su estilo personal, no faltaron quienes lo acusaron de gramaticalismo, tal vez por aquello de pertenecer a una época en la que nuestra mayor gloria literaria se fincaba en los nombres de ilustres filólogos y gramáticos, caso Caro, Cuervo, Marroquín, Suárez, como si, al igual que Vargas Vila, lo hiciera de manera premeditaba sólo por el simple gusto de ir en contra de las reglas gramaticales. Estos autores, Carrasquilla y Vargas Vila, vendrían a ser en la práctica lo que en teoría hacían los gramáticos, pero, al contrario.

     Todavía me pregunto si en lugar de haber tenido en ellos dos figuras prominentes de la forma y el estilo literario, probablemente hubiéramos tenido dos grandes exponentes de la morfología del idioma como seguramente lo hubieran deseado quienes se oponían de manera categórica a ver en ellos dos modelos supremos de un arte personalísimo y original.

     A diferencia de Vargas Vila, cuyo valor literario se expresa especialmente en su pensamiento revolucionario y contestatario, el valor de Carrasquilla se finca principalmente en su estilo provinciano, sin que tengamos que decir necesariamente que su obra surja como una reacción frente al modernismo, como piensan algunos. ¡Pero cuánto universo abarcan estas regiones!, fue la más preclara de sus consignas.

     Y ya, para entran de lleno en su pensamiento, me gustaría empezar por el que, según sus propias palabras, fue más que un precursor, el verdadero influenciador del pensamiento decadentista de fin de siglo. Así, y lejos de toda pedantería, reconoce no haber leído a Nietzsche siendo un mozo, pero al que ha empezado a estudiar pasados los 40 años:

     Y así le responde al señor Grillo en su segunda Homilía:
     No te diré que he leído a Nietzsche: lo vengo estudiando, obra por obra, hace cosa de cuatro años. Mis amigos Efe Gómez y Félix Betancourt –que son bastante más fuertes de lo que cualquiera puede figurarse– son los Virgilios que me han guiado por estos infiernos de la inteligencia. Merced a esto, a lo que haya podido pescar en periódicos y obras extranjeras, y a lo que a mí mismo se me haya alcanzado, por mi propia cuenta, me encuentro medio orientado. Ciertamente que las premisas de esa doctrina son un tanto obscuras; que su desarrollo no lo es menos; pero su deducción, o sea el superhombre, es muy clara. Tomado del fin hacia el principio se devana aquello no muy fácilmente. Quien penetre un tantico a ese hombre, tiene que sentir el vértigo: no es que maraville, es que espanta. Da tristeza al pensar cómo a tantos sabios y filósofos racionalistas, que vienen rompiéndose el cerebro hace dos siglos, para explicarse y definir la vida y la humanidad, no se les haya ocurrido una fórmula tan sencilla, una noción que flota en tantos espíritus y se insinúa en tantas conciencias. Lo que dicen los profesores de la Sorbona me parece pálido. No es que rompa todas las formulas y todas las escuelas filosóficas: es que no deja materiales para levantar otras. Este hombre ha acorralado la humanidad en un dilema sin salida. O la fe del carbonero, bajo cualquier religión, o la razón de Zaratustra. Para mí no hay más: o el miedo a Dios, o el miedo al Alcalde. Si la razón tiene un Mesías, ahí está: o el hombre es criatura de Dios y de Él dependiente, o es el superhombre. No caben términos medios. Se me figura que esta nueva ley habrá de revolucionar el mundo de tal modo, que muchos incrédulos, muchos espíritus vacilantes habrán de acogerse a Cristo. Es que la evidencia es tan aterradora que asfixia: la fe y el misterio son una necesidad del corazón. Tal vez la inteligencia no se le ha concedido al hombre para que penetre la verdad: acaso ha sido para que la perciba al bulto. El hombre, cuando razona, es ateo; cuando siente, tiene que creer. ¿Y cómo podrá eliminársele el sentimiento de la humanidad?
     De todas las doctrinas racionalistas, que niegan la revelación y lo sobrenatural, será la del filósofo alemán la que más se acerque al cristianismo, en lo que éste tenga de humano. El superhombre, posible o no, es un virtuoso hereje, y no digo ateo, porque en fórmula tan amplia y comprensiva de la soberanía individual, bien puede caber el deísmo, en cualquier forma. Quien tiene por norma su albedrío, ¿no podrá someterse a la ley divina o humana que se le antoje?
     El superhombre, es un impávido formado en la absoluta despreocupación. Vivirá tranquilo y satisfecho, porque lleva en sus mismas cualidades positivas y negativas la ‘tabla de sus valores’, la carta de su nobleza y el código de su vida. Tendrá el derecho y el valor y la razón de ser deforme, y estúpido y pobre y pequeño y degenerado y ridículo. Tendrá el derecho, el valor y la razón de ser lo que es. A nadie tendrá envidia, porque sus condiciones y circunstancias tienen el mismo significado, igual equivalencia que las de todo el mundo. Vanidades no puede tenerlas quien sabe que ‘todo es uno y lo mismo’. Miedos y recelos mal puede sentirlos quien ha eliminado los espantos; torturas interiores no pueden caber en quien ha quitado todos los preceptos.
     El egoísmo del superhombre, la prescindencia absoluta de sus semejantes, siendo el contrafómeque de la caridad cristiana, de la filantropía laica y del altruismo filosófico, pueden dar iguales resultados que estas virtudes, si no mayores que ellas.
     En cuanto al gobierno de la república del superhombre, no hay para qué decirlo: es el de siempre, el derecho del más fuerte, porque no puede existir otro.

     Y para que no quede duda de su exiguo pero exacto conocimiento de algunas filosofías, y en especial la de algunos filósofos franceses, cita al vuelo a los que probablemente hayan sido las mentes que más han contribuido a la emancipación del pensamiento en el hombre europeo; Voltaire y su humanismo cristiano-liberal; Renan y su santidad cientificista; Y finalmente Comte y su positivismo, ese yo intuitivo erigiéndose en religión moderna.

***

     Una de las modernas chifladuras y elegancias de la Europa gastada, es la pasión por lo raro, por lo extraño, por lo exótico, por lo antiguo; pasión, por cierto, muy humana, y más que natural en gentes hostigadas. Esta pasión se refleja no poco en la literatura francesa y en la italiana. Pero lo raro es muy raro, y con frecuencia no es lo bello, sino lo estrafalario y a veces lo perverso; y como la perversión tiene el atractivo de todo lo malo, héteme que hay actualmente más de un tentado de alto coturno. ¡Sí señor! Pervertidos en literatura y hasta en filosofía, hay por docenas.

     Este culto del yo, siempre encendido en el corazón y en la mente de los artistas, cual la lámpara mística de las iglesias, les es harto funesto. En su afán de excederse a sí mismos, de explotar sus dotes especiales, de hacer vibrar mejor sus cuerdas más sonoras, de ser originales, distinguidos y excepcionales, de afinar la parada, adulteran su manera de sentir, falsean sus facultades emocionales y destruyen, por sus pasos contados, el propio temperamento que les hizo artistas.

     Será preciso recordar que en tiempos algo remotos hubo en la literatura peninsular un fenómeno análogo al del reciente decadentismo francés. En la jerga literaria de entonces, llamose a eso culteranismo, alambicamiento, amaneramiento, etc., motejósele de literatura atormentada y caricaturesca, de corrupción de la lengua y del buen gusto. Góngora y Quevedo, que fueron los caudillos de mayor nota y los que más gente engancharon, han sido flagelados por los preceptistas de todas las escuelas, a pesar del ingenio y las dotes que a ambos les conceden tirios y troyanos.

     Ahora bien: la vanidad literaria; la monomanía de simular sentimientos y disfrazar idiosincrasias; el prurito de aparecer como raros y profundos, como atrevidos o videntes, ha sido, a mi entender, más que influencias ambientes, temporales o étnicas, el factor principal de estas manifestaciones del arte francés, y acaso también el de algunas de la mentalidad moderna, en lo que se refiere a ciencias filosóficas. De este dandismo cerebral se han resentido fieras herradas de las cuatro patas.

     Cristo y Príapo, María y Afrodita, le suministran temas e inspiración. Si es sincero cuanto ha producido, es el hombre del arte: el alma épica, universal, que todo lo abarca. Me refiero a Paul Verlaine. Su discípulo Mallarmé, o si se quiere, su émulo, es otro fenómeno. Quiere hacer del arte una manifestación al revés; es decir, que no manifiesta, sino que esconde y solapa. Sus producciones son otros tantos jeroglíficos: allá en los profundos de esa forma dizque se esconde un gran pensamiento. Esta esfinge del nuevo Egipto es uno de los más admirados e imitados.

     Este arte debería, si ha de ser consecuente, quedarse inédito, hermético, puramente interior, cual la psicología de un místico solitario. ¿A qué echarlo, entonces, en libros o en recitados? Sacar a la calle un tapujo, un enigma que nadie ha de tomarse el trabajo de descifrar, se me antoja una mentecatez insigne.

     ¿Qué les va a enseñar, a transmitir, un escritor a otro? Nada absolutamente. El escritor está formado de hecho; él mismo es su propio maestro; él sabrá definirse, orientarse, encauzarse; él sabrá graduar y aplicar sus sentimientos e ideas. Mientras más libre e independiente sea, mejor resultará su personalidad: será más original. La higiene del artista está, seguramente, en no dejarse contaminar de ningún otro.

     No hay libros, sino lectores. Nada más cierto. A todo el mundo le pasa lo propio que al artista en eso de sentir a su modo: cada obra varía según quien la lea. El lector le pone su belleza, su modalidad, su saber, sus caviloseos y suspicacias.

     Mi ideal es muy claro: obra nacional con información moderna; artistas de la casa y para la casa. Yo sueño con un 20 de julio literario. ¿Cómo no? Independencia absoluta de todo país extraño… y que vengan pacificadores.

     Aquí vuelvo a citar al gran crítico y filólogo español Federico de Onis, quien nos pone en contexto:
     “Entre muchos autores valiosos, algunos de los cuales son de los más grandes de la literatura colombiana, hubo poetas y novelistas que buscaron su inspiración, como Carrasquilla, en la vida regional. Para no mencionar más que a uno, recordaremos al poeta Gregorio Gutiérrez González (1826-1872), cuya Memoria científica sobre el cultivo del maíz en Antioquia, es juzgada por Menéndez Pelayo como un ‘extraño poema, tan original, que es, sin duda, lo más americano que hasta ahora ha salido de las prensas’. Este gran poema, así como las obras de varios costumbristas, pueden considerarse como antecedentes de la obra literaria de Carrasquilla; pero él pertenece a otra época, y su regionalismo tiene otro sentido, más profundo y más moderno”.

     Ahora escuchemos al propio Carrasquilla:
     Ya ven ustedes la “vulgaridad” aquella regionalista de Gutiérrez González. Valera, que por sabio se ha tenido en achaques literarios, dice que es la más hermosa égloga que se haya escrito en castellano; Menéndez Pelayo, de cuya competencia en la materia no puede dudarse, es más explícito todavía; y un moderno francés, un tal Boris de Tannenberg, la tradujo casi toda a la lengua de Flaubert y la pone por las nubes. Vea usted cómo unos granos de maíz pueden llegar, convertidos en perlas, hasta la patria de Verlaine.

     Cabe preguntar: ¿qué es novela? No conocemos ninguna definición. ¿Sería mucho atrevimiento de nuestra parte farfullar alguna? Lo es, seguramente. Pero, como lo necesitamos, tenemos que formularla como Dios nos dé a entender. Novela es la aplicación de conocimientos y de sensaciones al hombre y a cuanto lo rodea, combinada en forma narrativa. Esto, como procedimiento; como resultado, la novela es un pedazo de la vida, reflejado en un escrito por un corazón y por una cabeza. Si esta fórmula es absurda, solo absurdos pueden deducirse de ella; si es exacta, como lo queremos suponer, la consecuencia es clara.

     Si toda la historia, como lo quiere Menéndez Pelayo, llega a escribirse realzada por el sentimiento, toda la historia cabrá en la novela. ¡Qué escala! Desde la Biblia hasta la vida de los santos; desde el Ramayana hasta el apólogo infantil; desde la Ilíada hasta el cuento popular.
     Bien se nos alcanza que la generalidad de los lectores solo ve en la novela un libro de entretenimiento. Si fuera un asunto de entretenimiento solamente, no se escribiría sobre ella la balumba de libros que se han escrito. Tanto es así, que a Edmundo de Goncourt, como a otros varios ilustres escritores, les carga la designación novela, y quieren que se le dé la de Estudio, Documento humano, Epopeya, o cualquiera otra cosa que exprese mejor el actual concepto.

     Si el artista, en su empeño de reproducir lo bello y lo verdadero, no siempre tuvo en cuenta la moral cristiana, ni muchas veces la universal, ni a veces la decencia siquiera, ¿Por qué razón ese artista va a ser más respetuoso con la gramática?
     Pereda, el gran Pereda, emplea mal el gerundio –si hemos de creer a los gramáticos–. Del propio mal adolece don Juan Valera. El Padre Coloma, contra precepto gramatical, emplea indistintamente la forma afija o la enclítica. Doña Emilia cambia a veces las formas verbales, y está acusada ante la academia por el delito de emisión clandestina de palabras. Los Goncourt hicieron agostos en la lengua francesa. Aseguran algunos entendidos que el Quijote está plagado de italianismos. Es sabido que Shakespeare era un cafre en achaques gramaticales. En cambio, don Manuel Cañate, lo mismo que otros puristas, han escrito en lenguaje archiacadémico la mar de libros, y poco han dicho. Es que la Gramática, la Retórica y la Poética enseñan a expresarse, pero no a pensar ni menos a sentir.
     En cuanto a los diálogos, no siempre los académicos de la lengua hablan y se producen en la vida real con el mismo atildamiento y la misma propiedad con que escriben. En una palabra: el diálogo ajustado a las reglas gramaticales, modelado en los grandes hablistas, no se habla en conversación al menos–: se escribe solamente.
     Aquí entra una cuestión muy discutida entre los grandes críticos: ¿Es más bello el arte que la naturaleza? Si es más bello, como lo sostiene don Juan Valera, es claro que el lenguaje escrito debe ser más correcto que el lenguaje hablado, porque entonces el arte debe embellecerlo. Al contrario; si la naturaleza es más bella que el arte, como lo sostienen algunos tratadistas, como lo creemos nosotros, el lenguaje imitativo, a menos que sea un dialecto incompresible, debe escribirse como hablan las gentes; no como lo establece la gramática.

     Ya lo dijimos al principio: no somos críticos, ni mucho menos. Nos falta la ilustración, la inteligencia, la fuerza de apreciativa que la materia requiere; pero, así y todo, nos jactamos paladinamente de entender muy bien el espíritu de la crítica literaria. Supremo tribunal del arte, ella falla y decide con la verdadera libertad: el amor o el odio nunca la ofuscan, pasión alguna la sugestiona. Con la serenidad augusta de la justicia, anota las bellezas y los defectos; y cuando en la obra abunda más lo primero, parece que hasta en su misma inmutable serenidad se revistiera de un aire piadoso y compasivo al señalar las imperfecciones. También sabemos de varios que dictaron la sentencia sin conocer el expediente.

***

LA MARQUESA DE YOLOMBÓ


     Al decir de Rafael maya, La Marquesa de Yolombó es la mejor novela de Carrasquilla, porque en ella están resumidas todas las virtudes del maestro antioqueño, como novelista y escritor. Es obra de vasta concepción, de magnífico desarrollo, de inagotable fecundia del lenguaje, de gran belleza poética.
     Y como para que no quede duda, me he dado a la tarea de transcribir algunos apartes de esta hermosa obra histórica, en la que me he abstraído tras algunas horas dedicadas a su relectura.

     Es en los promedios del siglo XVIII.
     Entre las familias españolas establecidas en San Lorenzo de Yolombó, descuella en primera línea la de Don Pedro Caballero y Doña Rosalía Alzate. Él es rubio y aragonés; ella, morena y andaluza; ambos, apuestos y aventajados de figura, amables al par que imponentes en su trato. Don Pedro viene desde España nombrado, por compra que hizo del puesto, Regidor Mayor y Capitán a Guerra de esta villeja minera, que tanto promete. Pronto se hace notar por sus enérgicas actitudes, por su carácter ecuánime y francote, si no por sus aires e ínfulas de gran señor. No le va en zaga la esposa: es dama medio pulida, de mucho adobo y muchas galanuras; cantora, guitarrista, maestra de bailes y diversiones, hábil en labores caseras, y, sobre todo, virtuosa y abnegada. Tanta cosa es la sevillana que medio sabe leer y echar la firma. Desde su llegada se propone disipar las nostalgias, con todas las alegrías que su alma, cristiana y recursada, pueda extraer de estas montañas.

     ¿Y qué hizo doña Bárbara en las minas?
     Por espacio de cuatro años entró en colas con las utilidades de don Pedro. Fueron ellas tan cuantiosas y siempre tan sostenidas que todos tuvieron por cierto que a la joven la asistía algún agente especial de la fortuna misteriosa; y Don Pedro acabó por ver en su hija algo así como un talismán en carne y hueso; una mascota que dijeron después. La cosa era demasiado lógica, en aquella época de supersticiones y de monomanía por lo sobrenatural; fuera de que los mineros, por su misma profesión aleatoria, son ilusos, soñadores y hasta fantásticos, como lo son los guaqueros, los tahúres y cualesquiera otros que persigan el vellocino de oro. La siquis de esas gentes forma casilla aparte.

     Y, como a fuer de padre amantísimo y Majestad católica, estaba empeñado en que todos sus americanos se salvasen, les imponía la religión de su España. Ella les enseñaría, con sus prácticas y doctrinas, a amar y reverenciar a su Rey, que también era divino en su mando e indiscutible en su persona. Y como no quería que las austeridades de la iglesia fueran a menoscabar, en lo más mínimo, la salud preciosa de sus americanos queridos, otorgoles permiso de comer carne en cuaresma y otros días, mediante la bula de la Santa Cruzada, que todo fiel cristiano tenía obligación de comprar, año por año. Y eso casi gratis: sólo valía tres reales el papelito; pero era en letra de molde. Tal pasaba en la Colonia, cuadra más, cuadra menos.


JUICIOS CRÍTICOS


Uriel Ospina:
     Tomás Carrasquilla empezó siendo un caso, siguió siendo un caso y ahora a los treinta y tantos años de su muerte continúa siendo un caso, aun cuando ya no lo sea sino para los lingüistas y para los investigadores filológicos. Sin duda alguna es el escritor más fecundo que haya tenido Colombia hasta ahora (1974), y el más fiel a los temas de su pueblo, a su vocabulario, a sus tradiciones. Empezó su actividad hacia 1894.
     Arrastrado por el torbellino literario para el cual estaba armoniosamente hecho, y, lo que es más curioso aún, embarcado en una aventura que le permitió vivir holgadamente, Carrasquilla se consagró a escribir puesto que para eso evidentemente había nacido y puesto que por ello le pagaban “relativamente bien”, como lo dijo en un reportaje. Novelas, Cuentos, crónicas, crítica literaria, artículos de costumbres y de prensa; una verdadera máquina de producir a mano, como una artesanía intelectual en movimiento constante. Así fue hasta poco antes de su muerte, ocurrida en Medellín en 1940, a los 82 años, cuando solamente cuatro antes, al terminar su trilogía, Hace tiempos (1935-1936), se le había concedido el premio nacional de literatura José María Vergara y Vergara.
     De toda esta gigantesca montaña quedan muchas cosas, pero por sobre todo queda su novela La marquesa de Yolombó, (1928), un magistral cuadro de la colonización española en las regiones mineras antioqueñas de Zaragoza y Remedios en la segunda mitad del siglo XVIII. La maestría narrativa de Tomás Carrasquilla llega aquí a un punto culminante. Con facilidad se echa de ver la complacencia con que la escribió, derivada del conocimiento profundo que tenía del tema y de los deseos que tenía de hacerlo. Situaciones, caracteres, desarrollo, ritmo general de la obra (es la historia de unas familias españolas instaladas en Yolombó que se enriquecen con la explotación de minas de oro y a una de cuyas hijas, Bárbara Caballero, se le concede el marquesado, para morir luego vieja y en la miseria después de haber sido víctima de un aventurero), conservan un tempo medido con absoluta maestría de director de orquesta. No se necesita ser muy zahorí para ver que la gracia de esta novela, la agudeza de sus descripciones, el encanto de su diálogo y la picardía de no pocas escenas, fueron para su autor una verdadera alegría escribirlas.
     Escrita y publicada por los mismos años que La vorágine (1924), de la cual la separa absolutamente todo, hay que rendirse a la evidencia que nunca después, al menos hasta ahora, ha habido una década que presente la aparición de dos obras superiores, como indudablemente lo son ambas en la literatura colombiana.
     Quedan de su obra, que es monumental, dos aspectos esenciales: uno, el de la variedad temática dentro de lo reducido de ella. Eso de que en Antioquia no había materia novelable lo destruyó Carrasquilla con un cuento y posteriormente con toda su obra que sigue siendo sin imitación en Colombia (García Márquez va por otra vía). Otro es el del estilo, el de la reivindicación del lenguaje popular en términos de un nacionalismo sano
–regionalismo se le llama despectivamentecomo adecuación a eso tan difícil que es escribir como se habla.
     Lo hecho por Carrasquilla en este sentido no lo ha hecho igual nadie en Colombia, pero ni siquiera en su misma Antioquia, tierra de estupendos narradores. Involucrar en la literatura el habla popular de unas gentes que por circunstancias muy especiales se mantuvieron alejadas durante siglos del desarrollo económico e histórico colombiano, habitantes de una región pobre así en ella haya siempre habido muchas gentes ricas, fue sencillamente una hazaña.
     Hoy ya es inclusive fenómeno literario de resonancia internacional.
     Carrasquilla es un clásico de nuestras letras y objeto de estudio lingüístico en universidades de otros países (sobre todo en Estados Unidos y Canadá) ya que entre nosotros es posible que inclusive empiece a olvidársele por las generaciones que ya nada leen.
     Tomás Carrasquilla empezó siendo un caso y durante toda su vida fue un caso. Lo espectacular es que después de muerto lo siga siendo en tan intensa medida y que, si ya no por sus excelencias literarias, al menos por su interés lingüístico no haya perdido vigencia.
     El lenguaje coloquial tiene en él a su progenitor. O por lo menos al novelista que más impulso le dio y que hizo de aquel un verdadero instrumento de literatura perfectamente utilizable para las exigencias del pueblo.

Roberto Cortázar:
     La sencillez de las costumbres en Antioquia, ha dado origen a la creación de cuadros enteramente regionales, en los que cada individuo, sin dejar de pertenecer a su especie, forma un tipo particular que se distingue por muchos aspectos, de los demás de su clase; por esto los hombres de letras que allí se dedican a novelar o a escribir cuentos realistas, como don Tomás Carrasquilla, tienen un venero inagotable que explotan de manera diferente, dando así variedad a sus obras, pues el inmenso panorama de la montaña, en la vida de una misma clase de habitantes, hallan por doquier casos raros, psicologías diversas, pasiones profundas, múltiples modos de entender el vivir campesino; todo lo cual forma para ellos vasto campo de fina y delicada observación.

Rafael Maya:
     Manuela, la novela costumbrista de Eugenio Díaz, no ha sido superada en Colombia sino por algunas novelas capitales de Tomás Carrasquilla, escritor con quien Díaz puede hombrearse perfectamente, no obstante ser su producción muy reducida en relación con la del maestro antioqueño. Puede conjeturarse que, en los orígenes de su carrera literaria, Carrasquilla tuvo muy en cuenta la novela de Díaz, y que siempre aspiró a superarla, lográndolo algunas veces. Claro está que había a favor del primero muchos factores, como el hecho de pertenecer a un pueblo de notables caracteres étnicos, lo que influyó profundamente en su creación intelectual, así como su cultura, muy superior a la del cundinamarqués, sus abundantes lecturas de clásicos, su maravilloso dominio del habla popular y algunas otras ventajas; pero, con todo, la figura no sufre eclipse si se le interpone la del formidable maestro de la montaña, porque Díaz tiene, por su parte, grandes cualidades que contrapesan las excelencias de Carrasquilla. Sabe conjugar mejor la variedad de los episodios con la unidad central del relato; su sentimiento de la naturaleza y el amor con que la describe en todos sus detalles son superiores a los de Carrasquilla, bien que éste es pintor, por excelencia, de seres humanos y de tipos raciales que se yerguen verticalmente, dominando la aspereza del paisaje nativo; su intención crítica es más de fondo, pues Carrasquilla suele desviarse hacia lo caricaturesco, como acontece con Quevedo, en tanto que Díaz funde hábilmente la censura con el hecho mismo que narra, de donde su moral no puede desligarse del relato porque constituye su propia entraña. La crítica de Díaz se proyecta, principalmente, sobre las cuestiones políticas de su tiempo, y sigue paralela a la narración no como deducción ni como corolario, sino como consecuencia del mismo relato, por lo cual la tesis, sin perder fuerza, se diluye en el contenido novelesco. Por estos aspectos flaquea un poco Carrasquilla, aunque, como acabamos de enunciarlo, el escritor antioqueño rara vez persigue fines doctrinarios. Su intención es fundamentalmente artística, con miras a poner de relieve lo característico de ciertos estratos sociales. En Díaz es imposible desestimar los fines trascendentales, pues constituyen los resortes secretos de su obra.

Otto Morales Benítez:
     Lo industrial no descarta lo espiritual; por ello, no hay que olvidar que, en esa tierra inteligente y fecunda, fértil para toda prédica, enseñanza y conducta, Antioquia, se ha regodeado en la creación uno de los más grandes novelistas de América Latina, don Tomás Carrasquilla.

Manuel Mejía Vallejo:
     Tomás Carrasquilla es inamovible. En él cada día podrán descubrirse más cosas. Puede ser que se le critique estar un poco pasado en el uso de una retórica familiar, pero como esa familia existió, él ya la eternizó y tiene derecho a existir, así sea un poco desueta hoy. Los diálogos de él siguen repitiéndose en nuestra vida cotidiana; en Antioquia por lo menos, y si en algunas partes se repiten es que pueden escucharse en todo el mundo. El ritmo del idioma que tiene Carrasquilla no se encuentra en ningún escritor de habla castellana. Ni en Cervantes, ni en Calderón, ni en Tirso, ni en Lope de Vega, ni en Quevedo. Es el tipo más rico en idioma hasta llegar ahora a una exageración de Fernando del Paso en Palinuro de México, que para mí es, después de Cien años de soledad, una obra maestra de América. Es de las grandes, no la van a entender, rodarán contra ella, es exhausto, de pronto ofusca, pero es un ensayo literario de lo más grande que hay. Si Cervantes usó dieciséis mil palabras que fue lo que usó, un casi reinventor del idioma castellano, este tiene más de cien mil palabras, que las utiliza y bien utilizadas. Fernando del Paso, después de García Márquez, con su obra Palinuro de México dio un gran salto en la literatura narrativa de América. Ir de Carrasquilla a Fernando del Paso me parece correcto.

Hernando Valencia Goelkel
     Carrasquilla, uno de los representantes mayores de nuestras letras, a quien algunos críticos hacen aparecer apenas como un realista tardío, y a quien, definitivamente, jamás lograremos valorar si insistimos en compararlo con Pereda, olvidados de que su talento
–como el de todo escritor importante– reside, no en las afinidades genéricas, sino en las diferencias particulares.

Fernando González:
     El escritor no puede menos de mirar a Antioquia como un porvenir, y más si medita en que allí se ama lo propio, casi no existe la vergüenza y hay literatura regional. Carrasquilla es antioqueño y presentable como auto-expresión.

Rafael Gutiérrez Girardot:
     La obra de Carrasquilla descubrió la “otra sociedad” en la que consistía Colombia. Esta no era ni la Bogotá idílica, picarona y casi cursi de los cachacos, ni las haciendas neogranadinas, ni el foro de los señores feudales de la inteligencia, sino principalmente sus provincias, e históricamente un país que experimentaba las transformaciones impuestas por la expansión capitalista y que incapacitado por el púlpito y el confesionario de percibir el movimiento de la historia, se resistía a tomar conciencia de dichas transformaciones y menos aún a aceptarlas, aunque gozaba de ellas y hasta creía que habían surgido silvestremente en su huerto campesino y gracias a la fuerza de su raza. Como todo regionalismo, el de Carrasquilla es impensable sin el centralismo cultural de la andina capital cachaca, sin sus pretensiones de ser el centro del universo. En ese sentido, el regionalismo de Carrasquilla fue, además, una tácita forma de protesta contra el racismo departamental de los humanistas. La protesta puso de manifiesto una evidencia: Colombia no es exclusivamente Santafé, y ésta no es el “cerebro de Colombia”.

Antonio José Restrepo:
     Cuando las minas de Antioquia se hayan agotado, cuando sus cafetales dejen de botar al aire juguetón el aroma de sus blancas flores, y el puente que Caldas levantó en la Quebradarriba se haya desmoronado y quizás de la gran catedral de Medellín no queden sino escombros, entonces, repetimos, el nombre de Tomás Carrasquilla flotará sobre las ruinas y el desastre, retenido y glorificado en sus obras inmortales.

Julio Cejador:
     El primer novelista regional de América, el más vivo pintor de costumbres, y el escritor más castizo y allegado al habla popular, el que con mayor soltura y riqueza ha sabido escribir el castellano, no sólo de su tierra antioqueña, sino, y por lo mismo, de cualquier región americana.

Ambrosio Fornet:
     Carrasquilla comienza por elaborar una teoría literaria que le permita ser fiel a la realidad –a su realidad–  y acaba por ser fiel únicamente a la realidad contenida en la teoría. Una fidelidad riesgosa. Los esquemas aburren, la obra de Carrasquilla, en efecto, está lastrada por la monotonía y la trivialidad. Él diría que la monotonía y la trivialidad –la atmósfera sofocante de la vida provinciana– son precisamente sus temas y que no habría escrito una línea si no hubiese creído que lo importante no era el tema sino su ejecución. La fidelidad de la que Carrasquilla haría una divisa era algo más que una exigencia estética. Para ser había que empezar por ser fiel, es decir, por reconocerse; de ahí que se afincara en la tierra y tratara de descubrir el universo bajo la suela de sus zapatos.

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     el Cervantes americano, el Pereda colombiano, el Balzac antioqueño; ínsula no poemática de la narrativa nacional, novelista épico; todos los calificativos y comparaciones son válidas para describir la magnitud de su obra y la importancia de su nombre dentro de las letras tanto en Colombia como en el mundo.
     Ya sé que las comparaciones son odiosas; pero, más allá de los puntos de convergencia entre dichos autores, su obra se erige como un homenaje a nuestra idiosincrasia, tanto, como al mismo Cervantes.


     Para finalizar, me gustaría decir que su narrativa, es obra enteramente original, que revela una personalidad literaria. Su autor a nadie se asemeja especialmente. Si esa ingente obra es un harapo, se hundirá en la nada, como el Titanic; si es grande, como el Titanic, la posteridad la recogerá. Tal vez la sociedad que ayer ignoró moralmente a este originalísimo autor, hoy se sorprendería al ver en él su mayor gloria. Tal vez la humilde figura de Tomasito, sea hoy una de las más brillantes constelaciones que vea nuestra patria en el cielo del arte.